Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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muchísimas civilizaciones) se encuentra en un área muy extendida y
siempre estuvo en relación con los ceremoniales agrícolas.
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Pero el
drama de la vegetación se integra en el simbolismo de la regeneración
periódica de la Naturaleza y del hombre. La agricultura no es sino uno
de los planos en que se aplica el simbolismo de la regeneración
periódica. Y si la “versión agrícola” de ese simbolismo ha podido gozar
de inmensa difusión —gracias a su carácter popular y empírico— en
ningún caso es lícito considerarla como el principio y la intención del
complejo simbolismo de la regeneración periódica. Dicho simbolismo
encuentra sus fundamentos en la mística lunar: por consiguiente, desde
el punto de vista etnográfico, es posible identificarlo ya en las sociedades
preagrarias. Lo primordial y esencial es la idea de regeneración, es decir,
de repetición de la Creación.
La costumbre de los tártaros de Persia debe, por lo tanto, ser
integrada en el sistema cosmoescatológico iranio, que la presupone y la
explica. El Nauroz, el Nuevo Año persa, es a la vez la fiesta de Ahura
Maz-dah (celebrada el “día Ormuz” del primer mes) y el día en que se
hizo la Creación del mundo y del hombre.
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El día de Nauroz es cuando
se produce la “renovación de la creación”.
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Según la tradición trasmitida
por Dimasqi,
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el rey proclamaba: “He aquí un nuevo día de un nuevo
mes de un nuevo año; hay que renovar lo que el tiempo ha gastado”. Ese
día es también cuando se fija el destino de los hombres por un año
entero.
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Durante la noche de Nauroz es dado ver fuegos y luces
innumerables
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y se practican las purificaciones por el agua y las
libaciones, con el fin de asegurar lluvias abundantes para el año por
venir.
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Por lo demás, era costumbre que en el día del “gran Nauroz”
cada cual sembrara en una jarra siete especies de granos y “según su
crecimiento sacara conclusiones sobre la cosecha del año”.
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Costumbre
análoga a la de la “fijación de los destinos” del Año Nuevo babilónico,
“fijación de los destinos” que se ha trasmitido hasta nuestros tiempos en
los ceremoniales del Año Nuevo entre los mandeanos
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y los yezidos.
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Asimismo los doce días que separan Nochebuena de la Epifanía siguen
siendo considerados actualmente como una prefiguración de los doce
meses del año debido a que el Año Nuevo repite el acto cosmogónico.
Los campesinos de toda Europa no tienen otras razones cuando
determinan el tiempo de cada mes y su ración de lluvias por medio de
los signos meteorológicos de esos doce días.
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¿Será menester recordar
que era en la fiesta de los Tabernáculos cuando se fijaba la cantidad de
lluvia asignada a cada mes? Por su lado los hindúes de la época védica
designaban los doce días del medio del invierno como una imagen y
réplica del año.
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