Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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elemental de la regresión a lo indistinto, de la reactualización del “caos”.
En dicha crisis anual del tama, la experiencia del primitivo presiente un
signo de la inevitable confusión que ha de poner fin a cierta época
histórica, para permitir su renovación y la regeneración, es decir, para
volver a tomar la historia en su comienzo.
REGENERACIÓN CONTINUA DEL TIEMPO
No hay razón para dejarse desconcertar por la heterogeneidad de
los materiales que hemos examinado en las página anteriores. Nuestra
intención no es extraer de una rápida exposición una conclusión
histórico-etnográfica cualquiera. Hemos apuntado únicamente a un
análisis fenomenológico sumario de los ritos periódicos de purificación
(expulsión de los demonios, enfermedades y pecados) y de los
ceremoniales de fin y principio de año. Somos los primeros en reconocer
que en el interior de cada grupo de creencias análogas existen matices,
diferencias, incompatibilidades, que el origen y difusión de esos
ceremoniales plantean una cantidad de problemas insuficientemente
estudiados todavía. Por eso precisamente hemos evitado toda
interpretación sociológica o etnográfica, y nos hemos conformado con
una simple exégesis del sentido general que se desprende de todos esos
ceremoniales. En definitiva, nuestra ambición es comprender su sentido,
esforzarnos por ver lo que nos muestran, aun cuando reservemos para
investigaciones futuras el examen particular —genético o histórico— de
cada conjunto mítico-ritual.
Cae de su peso que existen, y estaríamos tentados de escribir que
deben existir, diferencias bastante considerables entre los diversos grupos
de ceremonias periódicas, aunque sólo fuera por la sencilla razón de que
se trata de pueblos o de capas “históricas” y “ahistóricas”, de lo que
generalmente se llaman civilizados y “primitivos”. Además es
interesante observar que los escenarios de Año Nuevo en los cuales se
repite la Creación son más particularmente explícitos en los pueblos
históricos, aquéllos con los cuales comienza la historia propiamente
dicha, es decir, los babilonios, egipcios hebreos, iranios. Diríase que esos
pueblos, conscientes de que eran los primeros en edificar la “historia”,
registraron sus propios actos para uso de sus sucesores (empero, no sin
transfiguraciones inevitables en las categorías y los arquetipos, como lo
hemos visto en el capítulo precedente). Esos mismos pueblos parecen,
por lo demás, haber sentido de modo más profundo la necesidad de