Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
50
tradicionales (es decir, todas la sociedades hasta la de hoy) conocían y
aplicaban otros métodos diversos para lograr la regeneración del tiempo.
Por lo demás, hemos mostrado (Comentarii la legenda Mesterului
Manóle; véase también el capítulo precedente) que los rituales de
construcción presuponen asimismo la imitación más o menos explícita
del acto cosmogónico. Para el hombre tradicional, la imitación de un
modelo arquetípico es una reactualización del momento mítico en que el
arquetipo fue revelado por vez primera. Por consiguiente, también esos
ceremoniales, que no son ni periódicos ni colectivos, suspenden el
transcurso del tiempo profano, la duración, y proyectan al que los
celebra in illo tempore. Hemos visto que todos los rituales imitan un
arquetipo divino y que su actualización continua ocurre en el mismo
instante mítico atemporal. Sin embargo, los ritos de construcción nos
descubren algo más: la imitación, y por ende la reactualización, de la
cosmogonía. Una “era nueva” se abre con la construcción de cada casa.
Toda construcción es un principio absoluto, es decir, tiende a restaurar el
instante inicial, la plenitud de un presente que no contiene traza alguna
de “historia”. Claro está que los rituales de construcción que
encontramos en nuestros días son en buena parte supervivencias, y es
difícil precisar en qué medida les corresponde una experiencia en la
conciencia de quienes las observan. Pero esta objeción racionalista es
desdeñable. Lo que importa es que el hombre sintió la necesidad de
reproducir la cosmogonía en sus construcciones, fuesen de la especie que
fuesen; que esa reproducción lo hacía contemporáneo del momento
mítico del principio del Mundo, y que sentía la necesidad de volver con
toda la frecuencia que fuera posible a ese momento mítico para
regenerarse. Muy perspicaz sería quien pudiera decir en qué medida los
que en la actualidad observan los rituales de construcción están
capacitados todavía para participar en su misterio. Sin duda sus
experiencias son más bien profanas: la “nueva era” marcada por una
construcción se traduce en una “etapa nueva” de la vida de quienes van
a habitar la casa. Pero la estructura del mito y del rito no deja de
permanecer inmutable, pese a que las experiencias provocadas por su
actualización no tengan ya más que un carácter profano: una
construcción es una organización nueva del mundo y de la vida. Para
encontrar la experiencia de la renovación, a un hombre moderno, de
sensibilidad menos cerrada al milagro de la vida, le bastaría el momento
en que construye una casa o penetra en ella (exactamente como el Año
Nuevo conserva todavía el prestigio del final de un pasado y del
comienzo de una “vida nueva”).