Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Cada sacrificio brahmánico señala una nueva creación del mundo.
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En efecto, la misma construcción del altar se concibe como una “creación
del mundo”. El agua en que se diluye la arcilla es el Agua primordial; la
arcilla que sirve de base al altar es la Tierra; las paredes laterales
representan la Atmósfera, etcétera. Además, cada etapa de la
construcción del altar va acompañada de estrofas explícitas en las que se
precisa la región cósmica que acaba de ser creada.
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Pero si la erección
del altar imita el acto cosmogónico, el sacrificio propiamente dicho tiene
otra finalidad: rehacer la unidad primordial, la que existía antes de la
Creación. Pues Prajapati creó el Cosmos de su propia subsistencia; una
vez que de ella quedó vacío, “tuvo miedo a la muerte”
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y los dioses le
trajeron ofrendas a fin de reconstituirlo y reanimarlo. De modo
completamente análogo, el que de nuestros días celebra el sacrificio
reproduce la reconstitución de Prajapati. “Quienquiera, luego de
comprender eso, lleva a cabo una buena acción, o siquiera se conforma
con comprender (sin practicar ningún ritual), reconstituye la divinidad
desplazada (y la vuelve a poner) entera y completa.”
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El esfuerzo
consciente del sacrificante para restablecer la unidad primordial, es
decir, reconstituir el Todo que precedió a la creación, es una
característica muy importante del espíritu hindú, sediento de esa Unidad
primordial, pero no nos está permitido detenernos aquí. Bástenos haber
comprobado que con cada sacrificio el brahmán reactualiza el acto
cosmogónico arquetípico, y que esa coincidencia entre el “instante
mítico” y el “momento actual” supone tanto la abolición del tiempo
profano como la regeneración continua del mundo.
En efecto, si “Prajapati es el año”,
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“el Año es la muerte. Al que
sabe esto, la muerte no lo alcanza”.
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El altar védico es, según la
afortunada fórmula de Paul Mus,
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el Tiempo materializado. “El altar del
fuego es el año... Las noches son sus piedras de cerco y de éstas hay 360,
porque hay 360 noches en el año; los días son los ladrillos yajusmati, pues
de éstos hay 360; y hay 360 días en el año.”
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En cierto momento de la
construcción del altar se colocan dos ladrillos llamados “de las
estaciones” (rtavya) y el texto comenta: “¿Por qué ponen esos dos
ladrillos? Porque este Agni (este altar del fuego) es el año... Este altar del
fuego es Prajapati, y Prajapati es el Año.”
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Al reconstruir, a través del
altar védico, a Prajapati, reconstruyen también el Tiempo cósmico. “El
altar de fuego tiene cinco capas... (cada capa es una estación), las cinco
estaciones hacen un año y Agni (el altar) es el Año... Ahora bien, ese
Prajapati que cayó en pedazos es el Año, y las cinco partes de su cuerpo
caído en pedazos son las estaciones. Cinco estaciones, cinco capas. Por
eso, cuando se apilan las capas, se construye a Parajapati con las