Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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la memoria del pasado, aun inmediato, nos parece el índice de una
antropología particular. Es, en una palabra, la oposición del hombre
arcaico a aceptarse como ser histórico, a conceder valor a la “memoria” y
por consiguiente a los acontecimientos inusitados (es decir: sin modelo
arquetípico) que constituyen, de hecho, la duración concreta. En última
instancia, en todos esos ritos y en todas esas actitudes desciframos la
voluntad de desvalorizar el tiempo. Llevados a sus límites extremos, todos
los ritos y todas las actitudes que hemos recordado cabrían en el
enunciado siguiente: si no se le concede ninguna atención, el tiempo no
existe; además, cuando se hace perceptible (a causa de los “pecados” del
hombre, es decir, debido a que éste se aleja del arquetipo y cae en la
duración), el tiempo puede ser anulado. En realidad, si se mira en su
verdadera perspectiva, la vida del hombre arcaico (limitada a la
repetición de actos arquetípicos, es decir, a las categorías y no a los
acontecimientos, al incesante volver a los mismos mitos primordiales,
etcétera), aun cuando se desarrolla en el tiempo, no por eso lleva la carga
de éste, no registra la irreversibilidad; en otros términos, no tiene en
cuenta lo que es precisamente característico y decisivo en la conciencia
del tiempo. Como el místico, como el hombre religioso en general, el
primitivo vive en un continuo presente. (Y es ése el sentido en que puede
decirse que el hombre religioso es un “primitivo”; repite las acciones de
cualquier otro, y por esa repetición vive sin cesar en el presente.)
La antigüedad y la universalidad de las creencias relativas a la Luna
nos prueban que para un primitivo la regeneración del tiempo se efectúa
continuamente, es decir, también en el intervalo que es el “año”. La Luna
es el primer muerto, pero también el primer muerto que resucita. En otro
lugar hemos mostrado
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la importancia de los mitos lunares en la
organización de las primeras “teorías” coherentes respecto de la muerte
y a la resurrección, la fertilidad y la regeneración, las iniciaciones,
etcétera. Aquí bastará que recordemos que si la Luna sirve de hecho para
“medir” el tiempo (en las lenguas indoeuropeas la mayor parte de los
términos que designan los meses y la Luna derivan de la raíz me-, que ha
dado en latín tanto mensis como metior, “medir”), si sus fases revelan —
mucho antes que el año solar y de manera mucho más concreta— una
unidad de tiempo (el mes), a la par revela el “eterno retorno”.
Las fases de la Luna —aparición, crecimiento, mengua, desaparición
seguida de reaparición al cabo de tres noches de tinieblas— han
desempeñado un papel importantísimo en la elaboración de las
concepciones cíclicas. Encontramos sobre todo concepciones análogas en
los apocalipsis y las antropogonías arcaicas; el diluvio o la inundación
ponen fin a una humanidad agotada y pecadora, y una nueva