Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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En la “perspectiva lunar”, tanto la muerte del hombre, como la
muerte periódica de la humanidad, son necesarias, del mismo modo que
lo son los tres días de tinieblas que preceden el “renacimiento” de la
luna. La muerte del hombre y de la humanidad son indispensables para
que éstos se regeneren.
Una forma sea cual fuere, por el hecho de que existe como tal y
dura, se debilita y se gasta; para retomar vigor le es menester ser
resorbida en lo amorfo, aunque sólo fuera un instante; ser reintegrada en
la unidad primordial de la que salió; en otros términos, volver al “caos”
(en el plano cósmico), a la “orgía” (en el plano social), a las “tinieblas”
(para las simientes), al “agua” (bautismos en el plano humano,
“Atlántida” en el plano histórico, etcétera).
Adviértase que lo que domina en todas esas concepciones cósmico-
mitológicas lunares es el retorno cíclico de lo que antes fue, el “eterno
retorno”, en una palabra. Aquí también volvemos a encontrar el motivo
de la repetición de un hecho arquetípico, proyectado en todos los planos:
cósmico, biológico, histórico, humano, etcétera. Pero descubrimos al
mismo tiempo la estructura cíclica del tiempo, que se regenera a cada
nuevo “nacimiento”, cualquiera que sea el plano que se produzca. Ese
“eterno retorno” delata una ontología no contaminada por el tiempo y el
devenir. Así como los griegos, en el mito del eterno retorno, buscaban
satisfacer su sed metafísica de lo “óntico” y de lo estático (pues, desde el
punto de vista de lo infinito, el devenir de las cosas que vuelven sin cesar
en el mismo estado es por consiguiente implícitamente anulado y hasta
puede afirmarse que “el mundo queda en su lugar”), del mismo modo el
“primitivo”, al conferir al tiempo una dirección cíclica, anula su
irreversibilidad. Todo recomienza por su principio a cada instante. El
pasado no es sino la prefiguración del futuro. Ningún acontecimiento es
irreversible y ninguna transformación es definitiva. En cierto sentido,
hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo
no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales; esa
repetición, que actualiza el momento mítico en que la hazaña arquetípica
fue revelada, mantiene sin cesar al mundo en el mismo instante auroral
de los comienzos. El tiempo se limita a hacer posible la aparición y la
existencia de las cosas. No tiene ninguna influencia decisiva sobre esa
existencia, puesto que también él se regenera sin cesar.
Hegel afirmaba que en la Naturaleza las cosas se repiten hasta lo
infinito y que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Todo lo referido hasta
ahora confirma la existencia de idéntica visión en el horizonte de la
conciencia arcaica: las cosas se repiten hasta lo infinito y en realidad
nada nuevo ocurre bajo el sol. Pero esa repetición tiene un sentido, como lo