Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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hemos visto en el capítulo precedente: sólo ella confiere una realidad a los
acontecimientos. Además, a causa de la repetición, el tiempo está
suspendido, o por lo menos está atenuado en su virulencia. Pero la
observación de Hegel es significativa por otra razón: Hegel se esfuerza
por fundar una filosofía de la historia en la cual el acontecimiento
histórico, aunque irreversible y autónomo, podría sin embargo
encuadrarse en una dialéctica aun abierta. Para Hegel, la historia es
“libre” y siempre “nueva”, no se repite; pero a pesar de todo se conforma
a los planes de la Providencia; tiene, pues, un modelo (ideal, pero no deja
de ser un modelo) aun en la dialéctica del Espíritu. A esa historia que no
se repite, Hegel opone la “Naturaleza”, en la que las cosas se reproducen
hasta el infinito. Pero hemos visto que, durante un lapso bastante
extenso, la humanidad se opuso por todos los medios a la “historia”.
¿Podemos sacar en conclusión de todo eso que durante todo ese período
la humanidad permaneció en la Naturaleza, sin apartarse de ella? “Sólo
el animal es verdaderamente inocente”, escribió Hegel al principio de
sus Lecciones sobre la Filosofía de la Historia. Los primitivos no siempre se
sentían inocentes, pero intentaban volver a serlo por la confesión
periódica de sus faltas. ¿Es lícito ver, en esa tendencia a la purificación, la
nostalgia del paraíso perdido de la animalidad? ¿O es más bien menester
percibir en ese deseo de no tener “memoria”, de no registrar el tiempo y
de contentarse sólo con soportarlo como una dimensión de la existencia
—pero sin “interiorizarlo”, sin transformarlo en conciencia— la sed del
primitivo por lo “óntico”, su voluntad de ser, como son los seres
arquetípicos cuyas acciones reproduce sin cesar?