Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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en que es inevitable, como soporta, por ejemplo, los rigores del clima.
Cualesquiera fuesen la naturaleza y la causa aparente, su padecimiento
tenía un sentido; respondía, si no siempre a un prototipo, por lo menos a
un orden cuyo valor no era discutido. Se ha dicho que el gran mérito del
cristianismo, frente a la antigua moral mediterránea, fue haber valorado
el sufrimiento: haber transformado el dolor de estado negativo en
experiencia de contenido espiritual “positivo”. La aserción vale en la
medida en que se trata de una valoración del sufrimiento y aun de buscar
el dolor por sus cualidades salvadoras. Pero si la humanidad precristiana
no buscó el sufrimiento y no lo valoró (fuera de unas raras excepciones)
como instrumento de purificación y de ascensión espiritual, jamás lo
consideró como desprovisto de significación. Hablamos aquí,
evidentemente, del sufrimiento en cuanto acontecimiento, en cuanto hecho
histórico, del padecimiento provocado por una catástrofe cósmica (sequía,
inundación, tempestad, etcétera), una invasión (incendio, esclavitud,
humillación, etcétera) o las injusticias sociales, etcétera.
Si tales padecimientos pudieron ser soportados fue precisamente
porque no parecían gratuitos ni arbítranos. Los ejemplos serían
superfluos; están al alcance de la mano. El primitivo que ve su campo
devorado por la sequía, su ganado diezmado por la enfermedad, su hijo
enfermo, que se siente él también con fiebre, o que comprueba que es un
cazador demasiado a menudo sin suerte, etcétera, sabe que todas esas
circunstancias no incumben al azar, sino a ciertas influencias mágicas o
demoníacas, contra las cuales el brujo o el sacerdote disponen de armas.
Así, del mismo modo que la comunidad lo hace cuando se trata de una
catástrofe cósmica, se dirige al brujo para eliminar la acción mágica, o al
sacerdote para que los dioses le sean favorables. Si esas intervenciones
no dan resultado, los interesados recuerdan la existencia del Ser
Supremo, casi olvidado el resto del tiempo, y le ruegan mediante la
ofrenda de sacrificios. “Tú, el Altísimo, no te me lleves a mi hijo; ¡todavía
es demasiado pequeño!”, imploran los nómadas selknam de Tierra del
Fuego. “ ¡ Oh Tsuni-goam —se lamentaban los hotentotes—, sólo tú
sabes que no soy culpable!” Durante la tempestad, los pigmeos semang
se arañan las pantorrillas con un cuchillo de bambú y esparcen por todos
lados gotitas de sangre, gritando: “¡Ta Pedon! No estoy endurecido; pago
mi culpa. ¡Acepta mi deuda, al pago!”.
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Subrayemos de paso un punto
que hemos desarrollado en forma detallada en nuestro Traite d’Histoire
des Religions: en el culto de los pueblos llamados primitivos, los Seres
Supremos celestiales no intervienen sino en última instancia, cuando
todas las diligencias hechas ante los dioses, los demonios o los brujos,
con el fin de alejar un “sufrimiento” (sequía, exceso de lluvia, calamidad,