Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Si bien en ningún otro caso del mundo arcaico hallamos una
fórmula tan explícita como la del karma para explicar la “normalidad” de
los sufrimientos, no obstante en todas partes encontraremos igual
tendencia a conceder al dolor y a los acontecimientos históricos una
“significación normal”. No se trata de mencionar aquí todas las
expresiones de esa tendencia. Un poco por todas partes encontramos la
concepción arcaica (que domina en los primitivos) según la cual el
sufrimiento es imputable a la voluntad divina, ya sea que intervenga ésta
directamente para producirlo, ya que permita a otras fuerzas,
demoníacas o divinas, que lo provoquen. La destrucción de una cosecha,
la sequía, el saqueo de una ciudad por el enemigo, la pérdida de la
libertad o de la vida, una calamidad sea cual fuere (epidemia, terremoto,
etcétera), nada deja de hallar, de uno u otro modo, su explicación y su
justificación en lo trascendente, en la economía divina. Ya sea porque el
dios de la ciudad vencida fuera menos poderoso que el del ejército
victorioso, ya porque hubiera una falta ritual de la comunidad entera o
solamente de una simple familia hacia una divinidad cualquiera, o
también porque entraran en juego sortilegios, demonios, negligencias,
maldiciones, la explicación responde siempre a un sufrimiento
individual o colectivo. Y por consiguiente es, puede ser, soportable.
Hay más: en el área mediterráneo-mesopotámica, los padecimientos
del hombre fueron muy tempranamente relacionados con los de un Dios.
Era dotarlos de un arquetipo que les confería a la vez realidad y
“normalidad”. El antiquísimo mito del sufrimiento, de la muerte y de la
resurrección de Tammuz tiene paralelos e imitaciones en casi todo el
mundo paleooriental, y se han conservado huellas de él hasta en la
gnosis poscristiana. Resultaría fuera de lugar abordar aquí los orígenes
cosmológico-agrícolas y la estructura escatológica de Tammuz. Nos
limitaremos a recordar que los sufrimientos y la resurrección de
Tammuz suministraron también modelo a los sufrimientos de otras
divinidades (Marduk por ejemplo), y sin duda fueron imitados (por
consiguiente repetidos) cada año por el rey. Las lamentaciones y los
regocijos populares con que se conmemoraban los sufrimientos, la
muerte y la resurrección de Tammuz, o de cualquier otra divinidad
cósmico-agraria, tuvieron en la conciencia del Oriente arcaico una
resonancia cuya amplitud no se aprecia debidamente. Pues no se trataba
sólo de un presentimiento de la resurrección que seguirá a la muerte del
hombre, sino asimismo de la virtud consoladora de los sufrimientos de
Tammuz para, cada hombre en particular. Cualquier sufrimiento podía
soportarse con tal de rememorar el drama de Tammuz.