Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Pues ese drama mítico recordaba al hombre que el sufrimiento
nunca es definitivo, que la muerte es siempre seguida por la
resurrección, que toda derrota es anulada y superada por la victoria
final. La analogía entre esos mitos y el drama lunar esbozado en el
capítulo anterior es evidente. Lo que ahora queremos hacer notar es que
Tammuz —o toda otra variante del mismo arquetipo— justifica o, en
otros términos, hace llevaderos, los sufrimientos del “justo”. El Dios —
como tantas veces el “justo”, el “inocente”— sufría sin ser culpable. Se lo
humillaba, se lo golpeaba hasta sangrar, encerrado en un “pozo”, es
decir, en el Infierno. Ahí es donde la Gran Diosa (o, en las versiones
tardías y gnósticas, un “mensajero”) lo visitaba, le daba valor y lo
resucitaba. Ese mito tan consolador del sufrimiento del dios tardó mucho
en desaparecer de la conciencia de los pueblos orientales. El profesor
Geo Widengren, por ejemplo, cree volver a encontrarlo entre los
prototipos maniqueístas y mandeanos,
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pero seguramente con las
inevitables alteraciones y las valencias nuevas adquiridas en la época del
sincretismo grecooriental. En todo caso, un hecho se impone a nuestra
atención: que tales escenarios mitológicos presentan una estructura en
extremo arcaica, y derivan —si no “históricamente”, al menos
formalmente— de mitos lunares de cuya antigüedad no tenemos
derecho a dudar. Hemos comprobado que los mitos lunares permitían
una visión optimista de la vida en general; todo ocurre de modo cíclico,
la muerte es inevitablemente seguida por una resurrección, el cataclismo,
por una nueva creación. El mito paradigmático de Tammuz (extendido
también a otras divinidades mesopotámicas) nos propone una nueva
validación de ese mismo optimismo: no es sólo la muerte del individuo
la que se “salva”, sino también sus sufrimientos. Por lo menos, las
resonancias gnósticas, mandeanas y maniqueístas del mito de Tammuz
así lo dejan entender. Para las sectas mencionadas, el hombre como tal
debe soportar la suerte que otrora cupo a Tammuz; caído en el “pozo”,
esclavo del “Príncipe de las Tinieblas”, despierta al hombre un
Mensajero que le anuncia la buena nueva de su próxima salvación, de su
“liberación”. Por más que estemos desprovistos de documentos que nos
permitan extender a Tammuz las mismas conclusiones, nos sentimos
inclinados a creer que su drama no era considerado como extraño al
drama humano. De ahí el gran “éxito” popular de los ritos relativos a las
divinidades llamadas de la vegetación.
LA HISTORIA CONSIDERADA COMO TEOFANIA