Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Para los hebreos, toda nueva calamidad histórica era considerada
como un castigo infligido por Yahué, encolerizado por el exceso de
pecados a que se entregaba el pueblo elegido. Ningún desastre militar
parecía absurdo, ningún sufrimiento era vano, pues más allá del
“acontecimiento” siempre podía entreverse la voluntad de Yahué. Aun
más: puede decirse que esas catástrofes eran necesarias, estaban previstas
por Dios para que el pueblo judío no fuese contra su propio destino
enajenando la herencia religiosa legada por Moisés. En efecto, cada vez
que la historia se lo permitía, cada vez que vivían una época de paz y de
prosperidad económica relativa, los hebreos se alejaban de Yahué y se
acercaban a los Baal y Astarté de sus vecinos. Únicamente las catástrofes
históricas los ponían de nuevo en el camino recto, les hacían volver por
fuerza sus miradas hacia el verdadero Dios. “Mas después clamaron al
Señor y dijeron: Hemos pecado, porque hemos dejado al Señor, y hemos
servido a los Baal y a Astaroth; líbranos, pues, ahora de las manos de
nuestros enemigos y te serviremos.”
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Esa vuelta hacia el verdadero Dios
en la hora del desastre nos recuerda el acto desesperado del primitivo,
que necesita, para redescubrir la existencia del Ser Supremo, la extrema
gravedad de un peligro y el fracaso de todas las intervenciones ante otras
“formas” divinas (dioses, antepasados, demonios). Sin embargo, los
hebreos, inmediatamente después de la aparición de grandes imperios
militares asiriobabilónicos en su horizonte histórico, vivieron sin
interrupción bajo la amenaza anunciada por Yahué: “Mas si no oyereis la
voz del Señor, sino que fuereis rebeldes a sus palabras, será la mano del
Señor sobre vosotros, y sobre vuestros padres”.
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Los profetas no hicieron sino confiar y ampliar, mediante sus
visiones aterradoras, el ineluctable castigo de Yahué respecto de su
pueblo, que no había sabido conservar la fe. Y solamente en la medida en
que tales profecías eran validadas por catástrofes —como se produjo, por
lo demás, de Elias a Jeremías— los acontecimientos históricos obtenían
una significación religiosa, es decir, aparecían claramente como los
castigos infligidos por el Señor a cambio de las impiedades de Israel.
Gracias a los profetas, que interpretaban los acontecimientos
contemporáneos a la luz de una fe rigurosa, esos acontecimientos se
transformaban en “teofanías negativas”, en “ira” de Yahué. De esa
manera, no sólo adquirían un sentido (pues hemos visto que cada
acontecimiento histórico tenía su significación propia, para todo el
mundo oriental) sino que también develaban su coherencia íntima,
afirmándose como la expresión concreta de una misma, única, voluntad
divina. Así, por vez primera, los profetas valoran la historia, consiguen
superar la visión tradicional del ciclo —concepción que asegura a todas