Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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las cosas una eterna repetición— y descubren un tiempo de sentido
único. Este descubrimiento no será inmediata y totalmente aceptado por
la conciencia de todo el pueblo judío, y las antiguas concepciones
sobrevivirán todavía mucho tiempo (véase el parágrafo siguiente).
Pero por vez primera se ve afirmarse y progresar la idea de que los
acontecimientos históricos tienen un valor en sí mismos, en la medida en
que son determinados por la voluntad de Dios. Ese Dios del pueblo judío
ya no es una divinidad oriental creadora de hazañas arquetípicas sino
una personalidad que interviene sin cesar en la historia, que revela su
voluntad a través de los acontecimientos (invasiones, asedios, batallas,
etcétera). Los hechos históricos se convierten así en “situaciones” del
hombre frente a Dios, y como tales adquieren un valor religioso que
hasta entonces nada podía asegurarles. Por eso es posible afirmar que los
hebreos fueron los primeros en descubrir la significación de la historia
como epifanía de Dios, y esta concepción, como era de esperar, fue
seguida y ampliada por el cristianismo.
Podemos incluso preguntarnos si el monoteísmo, fundado en la
revelación directa y personal de la divinidad, no trae necesariamente
consigo la “salvación” del tiempo, su “valoración” en el cuadro de la
historia. Sin duda la noción de revelación se encuentra, bajo formas
desigualmente transparentes, en todas las religiones y llegaríamos a
decir que en todas las culturas. En efecto —véase el capítulo i—, los
hechos arquetípicos —ulteriormente reproducidos sin cesar por los
hombres— eran a un tiempo hierofanías o teofanías. La primera danza,
el primer duelo, la primera expedición de pesca, así como la primera
ceremonia nupcial o el primer ritual, se convertían en ejemplos para la
humanidad, porque revelaban un modo de existencia de la divinidad,
del hombre primordial, del civilizador, etcétera. Pero esas revelaciones
se verificaron en el tiempo mítico, en el instante extratemporal del
comienzo; por eso, como hemos visto en el capítulo i, todo coincidía en
cierto sentido con el principio del mundo, con la cosmogonía. Todo
ocurrió y fue revelado en ese momento, in illo tempore: la creación del
mundo, y la del hombre, y su establecimiento en la situación prevista
para él en el Cosmos, hasta en sus menores detalles (fisiología,
sociología, cultura, etcétera).
Muy distinto sucede en el caso de la revelación monoteísta. Ésta se
efectúa en el tiempo, en la duración histórica. Moisés recibe la “Ley” en
cierto “lugar” y en cierta “fecha”. Ciertamente, aquí también intervienen
arquetipos, en el sentido de que esos acontecimientos, promovidos a
ejemplares, serán repetidos, pero no lo serán sino cuando les llegue su
tiempo, es decir, en un nuevo in illo tempore. Por ejemplo, como lo