Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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profetiza Isaías (xi, 15-16), los milagros del pasaje del mar Rojo y del
Jordán se repetirán “ese día”. Pero el momento de la revelación hecha a
Moisés por Dios no deja de ser un momento limitado y bien determinado
en el tiempo. Y como asimismo representa una teofanía, adquiere así una
nueva dimensión: se hace preciso en la medida en que ya no es reversible,
en que es un acontecimiento histórico.
Sin embargo, el mesianismo no llega a superar la valoración
escatológica del tiempo: el futuro regenerará al tiempo, es decir, le
devolverá su pureza y su integridad originales. In illo tempore se coloca
así no sólo en el comienzo, sino también al final de los tiempos. Es fácil
descubrir también en esas amplias visiones me-siánicas, la antiquísima
estructura de la regeneración anual del Cosmos por la repetición de la
creación y por el drama patético del Rey. El Mesías asume —en un plano
superior, evidentemente— el papel escatoló-gico del Rey-dios o del Rey-
representante de la divinidad en la Tierra, cuya principal misión era
regenerar periódicamente la Naturaleza entera. Sus sufrimientos
recuerdan los del Rey, pero, como en los antiguos escenarios, la victoria
siempre era, al cabo, del Rey. La única diferencia es que esa victoria
sobre las fuerzas de las tinieblas y del caos ya no se produce
regularmente cada año, sino que es proyectada en un in illo tempore
futuro y mesiánico.
Bajo la “presión de la historia” y sostenida por la experiencia
profética y mesiánica, una nueva interpretación de los acontecimientos
históricos se abre paso en el seno del pueblo de Israel. Sin renunciar
definitivamente a la concepción tradicional de los arquetipos y de las
repeticiones, Israel intenta “salvar” los acontecimientos históricos
considerándolos como manifestaciones activas de Yahué. Mientras que,
por ejemplo, para las poblaciones mesopotámicas los “sufrimientos”
individuales o colectivos eran “soportados” en la medida en que se
debían al conflicto entre las fuerzas divinas y demoníacas, es decir, en
que formaban parte del drama cósmico (desde siempre y ad infinitum la
creación iba precedida por el Caos y tendía a resorberse en él; desde
siempre y ad infinitum un nuevo nacimiento implicaba sufrimientos y
pasiones, etcétera), para la Israel de los profetas mesiánicos, los
acontecimientos históricos podían ser soportados porque, por un lado,
eran queridos por Yahué, y por otro, eran necesarios para la salvación
definitiva del pueblo elegido. Volviendo a las antiguas expresiones (del
tipo Tam-muz) de la “pasión” del Dios, el mesianismo les confiere un
valor nuevo, aboliendo ante todo la posibilidad de su repetición ad
infinitum. Cuando llegue el Mesías, el mundo se salvará de una vez por
todas y la historia dejará de existir. En este sentido se puede hablar no sólo