Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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de una valoración escatológica del futuro, de “ese día”, sino también de
la “salvación” del devenir histórico. La historia no aparece ya como un
ciclo que se repite hasta lo infinito, como la presentaban los pueblos
primitivos (creación, agotamiento, destrucción, recreación anual del
Cosmos) y como la formulaban (según veremos en seguida) en las
teorías de origen babilónico (creación, destrucción, creación que se
extendía sobre intervalos de tiempo considerables: milenios, “Años
Magnos”, Eones); la historia, directamente fiscalizada por la voluntad de
Yahué, aparece como una sucesión de teofanías “negativas” o
“positivas” cada una de las cuales tiene un valor intrínseco. Ciertamente,
todas las derrotas militares pueden ser referidas a un arquetipo: la cólera
de Yahué. Pero cada una de esas derrotas, pese a ser en realidad la
repetición del mismo arquetipo, no deja de tener un coeficiente de
irreversi-bilidad: la intervención personal de Yahué. La caída de
Samaria, por ejemplo, aun cuando sea asimilable a la de Jerusalén, se
diferencia, sin embargo, por el hecho de que fue provocada por un
nuevo acto de Yahué, por una nueva intervención del Señor en la
historia.
Pero es menester no olvidar que dichas concepciones mesiánicas son
la creación exclusiva de una élite religiosa. Durante una larga sucesión
de siglos, esa élite dirigió la educación religiosa del pueblo de Israel sin
conseguir nunca desarraigar las valoraciones pa-leoorientales
tradicionales de la vida y de la historia. Los retornos periódicos de los
hebreos a los Baal y Astarté se explican también, en buena parte, por su
negativa a valorar la historia, a considerarla como una teofanía. Para las
capas populares, en particular para las comunidades agrarias, la antigua
concepción religiosa (la de los Baal y Astarté) era preferible; los mantenía
más cerca de la “Vida” y los ayudaba, ya que no a ignorar, por lo menos
a soportar la historia. La voluntad inquebrantable de los profetas
mesiánicos de mirar la historia de frente y de aceptarla como un aterrador
diálogo con Yahué; su voluntad de hacer fructificar moral y
religiosamente las derrotas militares y de soportarlas porque eran
consideradas como necesarias para la reconciliación de Yahué con el
pueblo de Israel y para la salvación final —esa voluntad de considerar
cualquier momento como un momento decisivo y por consiguiente de
valorarlo religiosamente— exigía una tensión espiritual demasiado
fuerte, y la mayoría de la población israelita se rehusaba a someterse a
ella,
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del mismo modo que la mayor parte de los cristianos —
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Sin las élites religiosas, y más particularmente sin los profetas, el judaismo no se hubiera diferenciado
demasiado de la religión de la colonia judía de Elefantina, que conservó hasta el siglo v a. de C. la religiosidad
palestiniana popular; cf. A. Vincent,
La Religión des Judío-Araméens d'Éléphantine
(París, 1937). La "historia"