Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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especialmente de las clases pobres— se rehusan a vivir la vida auténtica
del cristianismo. Era más consolador—y más cómodo— en la mala
suerte y la desdicha, seguir acusando a un “accidente” (sortilegio,
etcétera) o una negligencia (falta ritual, etcétera) fácilmente reparable por
medio de un sacrificio (aunque se tratase de sacrificar los recién nacidos
a Moloch).
Sobre ese particular, el ejemplo clásico del sacrificio de Abrahán
pone admirablemente en evidencia la diferencia entre la concepción
tradicional de la repetición de la hazaña arquetípica y la nueva
dimensión, la fe, adquirida por la experiencia religiosa.
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Desde el punto
de vista formal, el sacrificio de Abrahán no es más que el sacrificio del
primogénito, uso frecuente en aquel mundo semita en el que se
desarrollaron los hebreos hasta la época de los profetas. El primer hijo
era a menudo considerado como el del dios; en efecto, en todo el Oriente
arcaico, las jóvenes tenían la costumbre de pasar una noche en el templo
y así eran fecundadas por el dios (por su representante, el sacerdote, o
por su enviado, el “extranjero”). Mediante el sacrificio de ese primer hijo
se devolvía a la divinidad lo que le pertenecía. La sangre joven
aumentaba así la energía agotada del dios (pues las divinidades
llamadas de la fertilidad agotaban su propia substancia en el esfuerzo
desplegado para sostener al mundo y asegurar su opulencia; tenían,
pues, necesidad de ser regeneradas periódicamente). Y, en cierto sentido,
Isaac era un hijo de Dios, puesto que les había sido dado a Abrahán y a
Sara cuando ésta ya se hallaba muy lejos de la edad de concebir. Pero
Isaac les fue dado por la fe de éstos; era hijo de la promesa y de la fe. Su
sacrificio por Abrahán, aun cuando se parece formalmente a todos los
sacrificios de recién nacidos del mundo paleosemítico, se diferencia
había permitido a esos hebreos de la "diáspora" conservar junto a Yahué (laho), en un sincretismo cómodo, otras
divinidades (Bethel, Ha-rambethel, Ashumbethel) y hasta la diosa Anat. Es una confirmación más de la
importancia de la "historia" en el desarrollo de la experiencia religiosa judaica y de su permanente conservación
bajo tensiones elevadas. Pues no olvidemos que el profetismo y el mesianismo han sido validados ante todo por
la presión de la historia contemporánea.
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Quizá sea útil precisar que la llamada "fe" en el sentido
judeocristiano se diferencia, desde el punto de vista estructural, de las
demás experiencias religiosas arcaicas. La autenticidad y la validez
religiosas de estas últimas no deben ponerse en duda, pues se fundan en
una dialéctica de lo sagrado universalmente verificada. Pero la
experiencia de la "fe" se debe a una nueva teofanía, a una nueva
revelación que anuló, para las élites respectivas, la validez de las otras
hierofanías. Véase sobre el particular el capítulo i de nuestro Traite
d'Histoire des Religions.