Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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fundamentalmente por el contenido. En tanto que para todo el mundo
paleosemítico, semejante sacrificio, a pesar de su función religiosa, era
únicamente una costumbre, un rito cuya significación era perfectamente
inteligible, en el caso de Abrahán es un acto de fe. Abrahán no comprende
por qué se le pide dicho sacrificio, y sin embargo lo lleva a cabo porque
se lo ha pedido el Señor. Por ese acto, en apariencia absurdo, Abrahán
funda una nueva experiencia religiosa, la fe. Los demás (todo el mundo
oriental) siguen moviéndose en una economía de lo sagrado que será
superada por Abrahán y sus sucesores. Los sacrificios de aquéllos
pertenecían —para utilizar la terminología de Kierkegaard— a lo
“general”; es decir, estaban fundados en teorías arcaicas en las que sólo
se trataba de la circulación de la energía sagrada en el Cosmos (de la
divinidad a la naturaleza y al hombre, luego del hombre —por el
sacrificio— de nuevo a la divinidad, etcétera). Eran actos que hallaban su
justificación en sí mismos; encuadraban en un sistema lógico y
coherente: lo que había sido de Dios debía volver a Él. Para Abrahán,
Isaac era un don del Señor y no el producto de una concepción directa y
substancial. Entre Dios y Abrahán se abría un abismo, una ruptura
radical de continuidad. El acto religioso de Abrahán inaugura una nueva
dimensión religiosa: Dios se revela corno personal, como una existencia
“totalmente distinta” que ordena, gratifica, pide, sin ninguna
justificación racional (es decir, general y previsible) y para quien todo es
posible. Esa nueva dimensión religiosa hace posible la “fe” en el sentido
judeocristiano.
Hemos citado este ejemplo con el fin de señalar la novedad de la
religión judía respecto de las estructuras tradicionales. Así como la
experiencia de Abrahán puede ser considerada como una nueva posición
religiosa del hombre en el cosmos, del mismo modo, a través del
profetismo y el mesianismo, los acontecimientos históricos se presentan
en la conciencia de las élites israelitas como una dimensión que éstas no
poseían hasta entonces: el acontecimiento histórico se convierte en
teofanía, en la cual se devela tanto la voluntad de Yahué como las
relaciones personales entre él y el pueblo que ha elegido. La misma
concepción enriquecida por la elaboración de la cristología, servirá de
base a la filosofía de la historia que el cristianismo, a partir de San
Agustín, se esforzará por construir. Pero, repitámoslo, tanto en el
cristianismo como en el judaismo, el descubrimiento de esa nueva
dimensión de la experiencia religiosa, la fe, no acarrea una modificación
radical de las concepciones tradicionales. La fe solamente se hace posible
para cada cristiano en particular. La gran mayoría de las poblaciones
llamadas cristianas continúa hasta nuestra época preservándose de la