Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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(sin que jamás fuera formulada con limpidez) en todas las culturas
“primitivas”, la del tiempo-cíclico, que se regenera periódicamente ad
infinitum; la otra “moderna”, del tiempo-finito, fragmento (aunque
cíclico también) entre dos infinitos atemporales.
Tales teorías del “Gran Tiempo” van casi siempre acompañadas por
el mito de las edades sucesivas, encontrándose siempre la “edad de oro”
al principio del ciclo, cerca del illud tempus paradigmático. En ambas
doctrinas —la del tiempo-cíclico infinito y la del tiempo-cíclico
limitado— esa edad de oro es recuperable; en otros términos, es repetihle,
una infinidad de veces en la primera doctrina, una sola vez en la otra. No
recordamos esos hechos por su interés intrínseco sino para aclarar el
sentido de la “historia” desde el punto de vista de cada doctrina.
Empezaremos por la tradición hindú, porque en ella es donde el mito de
la repetición eterna halló su fórmula más audaz. La creencia en la
destrucción y la creación periódica del Universo se encuentra ya en el
Atbarva Veda (x, 8, 39-40). La conservación de ideas similares en la
tradición germánica (conflagración universal, ragna-rók, seguida de una
nueva creación) confirma la estructura indoaria de ese mito, la cual
puede, por consiguiente, ser considerada como una de las numerosas
variantes del arquetipo examinado en el capítulo precedente. (Las
eventuales influencias orientales sobre la mitología germánica no atentan
necesariamente contra la autenticidad y el carácter autóctono del mito
del ragnarök. Por lo demás, sería difícil explicar por qué los indoarios no
han dividido, ellos también, desde la época de su prehistoria común, la
concepción del tiempo como los demás “primitivos”.)
Sin embargo, la especulación hindú amplía y combina los ritmos
que ordenan la periodicidad de las creaciones y de las destrucciones
cósmicas. La unidad de medida del ciclo más pequeño es el yuga, la
“edad”. Un yuga va precedido y seguido por una “aurora” y por un
“crepúsculo” que enlazan las “edades” entre sí. Un ciclo completo o
mahayuga se compone de cuatro “edades” de duración desigual, de las
cuales la más larga aparece al principio del ciclo y la más corta al final.
Así la primera “edad”, la Krita-yuga, dura 4.000 años, más 400 años de
“aurora” y otro tanto de “crepúsculo”; le siguen Treta-yuga, de 3.000
años, Dvapara-yuga, de 2.000 años y Kali-yuga, de 1.000 años (más las
“auroras” y “crepúsculos” correspondientes, como es natural). Por
consiguiente, un mahayuga dura 12.000 años.
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A las disminuciones
progresivas de la duración de cada nuevo yuga corresponde en el plano
humano una disminución de la duración de la vida, acompañada de un
relajamiento de las costumbres y de una declinación de la inteligencia.
Esta decadencia continúa en todos los planos —biológicos, intelectuales,