Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
75
hombres de “edades” precedentes. Ahora, en nuestro momento histórico,
no podemos esperar otra cosa; a lo sumo (y en eso se entrevé la función
soteriológica del kaliyuga y los privilegios que nos concede una historia
crepuscular y catastrófica) podemos librarnos de la servidumbre
cósmica. La teoría hindú de las cuatro edades es, por ende, vigorizante y
consoladora para el hombre aterrorizado por la historia. En efecto: 1°,
por un lado, los sufrimientos que le han tocado en suerte por ser
contemporáneos de la descomposición crepuscular, ayudan al hombre a
comprender la precariedad de su condición humana y facilitan así su
manumisión; 2°, por otro, la teoría valida y justifica los sufrimientos de
quien no elige liberarse, sino que se resigna a soportar su existencia, y
ello por el hecho mismo de que tiene conciencia de la estructura
dramática y catastrófica de la época en que le ha tocado vivir (o, más
exactamente, revivir).
Nos interesa particularmente esta segunda posibilidad del hombre,
de situarse en una “época de tinieblas” y de fin de ciclo. En efecto, la
volvemos a encontrar en otras culturas y en otros momentos históricos.
La actitud de soportar ser contemporáneo de una época desastrosa,
tomando conciencia del lugar ocupado por esa época en la trayectoria
descendente del ciclo cósmico, debía sobre todo demostrar su eficacia en
el crepúsculo de la civilización grecooriental.
No es menester que nos ocupemos aquí de los múltiples problemas
que plantean las civilizaciones grecoorientales. El único aspecto de ellas
que nos interesa es la situación en que el hombre de dichas civilizaciones
se descubre frente a la historia, y más especialmente frente a la historia
que le es contemporánea. Por eso no nos detendremos en el origen, la
estructura y la evolución de los diversos sistemas cosmológicos en los
que el mito antiguo de los ciclos cósmicos es vuelto a tomar y
profundizado ni tampoco en sus consecuencias filosóficas. Sólo
recordaremos esos sistemas cosmológicos —de los presocráticos a los
neopitagóricos— en la medida en que respondan a la cuestión siguiente:
¿cuál es el sentido de la historia, es decir, de la totalidad de las
experiencias humanas provocadas por las fatalidades geográficas, las
estructuras sociales, las presunciones políticas, etcétera? Observemos
ante todo que ese interrogante sólo tenía sentido para una minoría muy
limitada en la época de las civilizaciones grecoorientales, es decir, sólo
para aquellos que se hallaban disociados del horizonte de la
espiritualidad arcaica. La inmensa mayoría de sus contemporáneos vivía
todavía, en especial al principio, bajo el régimen de los arquetipos; no
saldrían de él sino posteriormente (y quizá nunca de manera definitiva,
como es el caso, por ejemplo, de las sociedades agrícolas), en el curso de