Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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más considerables destrucciones, tanto entre los animales en general
como en el género humano, del cual, como es justo, sólo queda un
pequeño número de representantes” (270 c). Pero esa catástrofe va
seguida de una “regeneración” paradójica. Los hombres comienzan a
rejuvenecer; “los cabellos blancos de los ancianos volvían al negro”,
etcétera, en tanto que los que eran púberes empezaban a disminuir de
estatura día a día, para volver a las dimensiones del niño recién nacido,
hasta que, “continuando luego en su consunción, se aniquilan
totalmente”. Los cadáveres de los que morían entonces “desaparecían
completamente, sin dejar huella visible, al cabo de unos pocos días” (270
e). Fue entonces cuando nació la raza de los “Hijos de la Tierra” (ge-
geneis) cuyo recuerdo fue conservado por nuestros antepasados (271 a).
En esa época de Cronos no había ni animales salvajes, ni enemistad entre
los animales (271 e). Los hombres de aquellos tiempos no tenían ni
mujeres ni hijos: “Al salir de la tierra volvían todos a la vida, sin
conservar recuerdo alguno de las condiciones de existencia anterior”.
Los árboles les daban abundantes frutos y dormían desnudos en el suelo,
sin necesidad de camas, pues entonces las estaciones eran templadas
(272 a).
El mito del paraíso primordial, evocado por Platón, perceptible en
las creencias hindúes, es conocido tanto por los hebreos (por ejemplo,
illud tempus mesiánico en Isaías, XI, 6, 8: LXV, 25) como por las
tradiciones iranias” y grecolatinas.
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Por lo demás, encaja perfectamente
en la concepción arcaica (y probablemente universal) de los “comienzos
paradisíacos”, que volvemos a encontrar en todas las valoraciones del
illud tempus primordial. No es extraño que Platón reprodujera semejantes
visiones tradicionales en los diálogos de tiempos de su vejez; la misma
evolución de su pensamiento filosófico lo obligaba a descubrir de nuevo
las categorías míticas. Ciertamente tenía al alcance el recuerdo de la
“edad de oro” de Cronos en la tradición helena.
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Por lo demás, esta
comprobación de ningún modo nos impide reconocer en la Política
ciertas influencias babilónicas; en el caso, por ejemplo, en que Platón
imputa los cataclismos periódicos a las revoluciones planetarias,
explicación que ciertas investigaciones recientes
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hacen derivar de las
especulaciones astronómicas babilónicas, que fueron luego accesibles al
mundo helénico gracias a las Babiloníacas de Beroso. Según el Timeo, las
catástrofes parciales se deben a desviaciones planetarias,” mientras que
el momento de la reunión de todos los planetas es el del “tiempo
perfecto”,
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es decir, el final del “Año Magno”. Como observa J. Bidez
(op. cit., pág. 83), “la idea de que basta que todos los planetas se pongan
en conjunción para provocar una catástrofe universal es seguramente de