Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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desintegración fatalmente vinculada a una integración original, ya esté
sometida a la voluntad de Dios, voluntad que los profetas hubieran
podido entrever, etcétera, el resultado era el mismo: ninguna de las
catástrofes que la historia revelaba era arbitraria. Los imperios se
construían y se hundían, las guerras provocaban sufrimientos sin
número, la inmoralidad, la disolución de las costumbres, la injusticia
social, etcétera, se agravaban sin cesar, porque todo eso era necesario, es
decir querido por el ritmo cósmico, por el demiurgo, por las
constelaciones o por la voluntad de Dios.
En esa perspectiva, la historia de Roma adquiere noble gravedad.
Varias veces en el curso de la historia, los romanos conocieron el terror
de un fin inminente de la ciudad, cuya duración —en su creencia— había
sido decidida en el mismo momento de su fundación por Rómulo. Jean
Hubaux ha analizado con aguda penetración en Grands mythes de Rome
los momentos capitales de ese drama provocado por la incertidumbre de
los cálculos de la “vida” de Roma, en tanto que Jéróme Carcopino ha
recordado los acontecimientos históricos y la tensión espiritual que
justificaron la esperanza de una resurrección no catastrófica de la
ciudad.
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En todas las crisis históricas, dos mitos crepusculares asediaron
al pueblo romano: 1°, la vida de la ciudad llegó a su término, pues su
duración se limitaba a cierto número de años (el “número místico”
revelado por las doce águilas vistas por Rómulo); y 2°, el “Año Magno”
pondrá fin a toda la historia, por consiguiente a la de Roma, por una
ekpyrosis universal. La historia misma de Roma se encargó de desmentir
esos temores hasta una época muy avanzada. Pues al cabo de 120 años
de la fundación de Roma, comprendieron que las doce águilas vistas por
Rómulo no significaban 120 años de vida histórica para la ciudad, como
lo temieron. Al cabo de 365 años pudieron comprobar que no se trataba
de un “Año Magno”, en que cada año de la ciudad había de tener el
equivalente de un día, y se supuso que el destino concedía a Roma otra
suerte de “Año Magno”, compuesto de doce meses de 100 años. En
cuanto al mito de las “edades” regresivas y del eterno retorno,
compartido por la Sibila e interpretado por los filósofos por medio de las
teorías de los ciclos cósmicos, varias veces esperaron que el paso de una
“edad” a la otra pudiera efectuarse evitando la ekpyrosis universal. Pero
dicha esperanza estaba siempre mezclada de inquietud. Cada vez que
los acontecimientos históricos acentuaban su decadencia catastrófica, los
romanos creían que el “Año Magno” estaba a punto de terminar y que
Roma se hallaba en vísperas de su derrumbamiento. Cuando César pasó
el Rubicón, Nigidio Fígulo presintió el comienzo de un drama cósmico-
histórico que había de acabar con Roma y con la especie humana.
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Pero