Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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ese mismo Nigidio Fígulo creía
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que la ekpyrosis no era fatal y que la
renovación, la metacosmesis neopitagórica, era igualmente posible sin
catástrofe cósmica, idea que Virgilio volvería a tomar para ampliarla.
Horacio no había podido disimular en su Epodo xvi el temor
respecto de la suerte futura de Roma. Los estoicos, los astrólogos y la
gnosis oriental veían en las guerras y las calamidades los signos de la
inminente catástrofe final. Fundándose ora en el cálculo de la “vida” de
Roma, ora en la doctrina de los ciclos cósmico-históricos, los romanos
sabían que, fuese como fuere, la ciudad había de desaparecer antes del
principio de un nuevo Eón. Pero el reinado de Augusto, al sobrevenir
luego de largas y sangrientas guerras civiles, pareció instaurar una pax
aeterna. Entonces quedó demostrado que los temores inspirados por los
dos mitos —la “edad” de Roma y la teoría del Año Magno— eran
gratuitos: “Augusto ha fundado de nuevo a Roma y ya nada debemos
temer en cuanto a su vida”, podían decirse quienes se habían
preocupado por el misterio de las doce águilas vistas por Rómulo. “El
pasaje de la edad de hierro a la edad de oro se ha efectuado sin
ekpyrosis”, podían decirse los que se vieron asediados por la teoría de los
ciclos cósmicos. Así, Virgilio reemplaza el último saeculum, el del Sol, que
debía provocar la combustión universal, por el siglo de Apolo, evitando
la ekpyrosis, y suponiendo que las guerras fueron los propios signos del
paso de la edad de hierro a la edad de oro.
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Más tarde, cuando el
reinado de Augusto parece haber realmente instaurado la edad de oro,
Virgilio se esfuerza por tranquilizar a los romanos en cuanto a la
duración de la ciudad. En la Eneida (i, v. 255 y sig.), Júpiter, dirigiéndose
a Venus, le asegura que no fijará a los romanos ninguna suerte de
limitación espacial o temporal: “es el imperio sin fin que les he dado”.
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Y no fue sino después de la publicación de la Eneida cuando Roma fue
nombrada urbs aeterna, proclamándose a Augusto el segundo fundador
de la ciudad. La fecha de su nacimiento, el 23 de septiembre, fue
considerada “como el punto de partida del Universo al cual Augusto ha
salvado la existencia y cambiado la faz”.
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Entonces se difunde la
esperanza de que Roma puede regenerarse periódicamente ad infinitum.
De modo que, libre de los mitos de las doce águilas y de la ekpyrosis,
Roma podrá extenderse, como lo anuncia Virgilio,
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hasta las regiones
“que se hallan más allá de las rutas del sol y del año” (extra anni solsique
vias). Asistimos así a un supremo esfuerzo hecho para librar a la historia
del destino astral o de la ley de los ciclos cósmicos, y encontrar, por el
mito de la renovación eterna de Roma, el mito arcaico de la regeneración
anual (y, especialmente, no catastrófica) del Cosmos por medio de su
eterna recreación por el Soberano o por el sacerdote. Es, sobre todo, una