Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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tentativa para valorar la historia en el plano cósmico; es decir, para
considerar los acontecimientos y las catástrofes históricas como
verdaderas combustiones o disoluciones cósmicas que deben periódicamente
poner fin al Universo para permitir su regeneración. Las guerras, las
destrucciones, los sufrimientos históricos no son ya los signos precursores
del paso de una “edad” cósmica a otra, sino que constituyen por sí
mismos ese pasaje. Así, a cada nueva época de paz la historia se renueva
y, por consiguiente, comienza un nuevo mundo; en último análisis
(como hemos visto en el caso del mito constituido en torno a Augusto), el
Soberano repite la Creación del Cosmos.
Hemos citado el ejemplo de Roma para mostrar cómo los
acontecimientos históricos pudieron ser valorados por el sesgo de los
mitos examinados en este capítulo. Integradas en una teoría-mito
determinada (edad de Roma, Año Magno), las catástrofes pudieron no
solamente ser soportadas por los contemporáneos, sino también
valoradas de manera positiva inmediatamente después de su aparición.
Naturalmente, la edad de oro instaurada por Augusto sólo sobrevivió
por lo que creó en la cultura latina. La historia se encargó de desmentir la
“edad de oro” luego de la muerte de Augusto, y los contemporáneos
volvieron a vivir esperando un desastre inminente. Cuando Roma fue
ocupada por Alarico, pareció que triunfaba el signo de las doce águilas
de Rómulo: la ciudad había entrado en su duodécimo y último siglo de
existencia. Sólo San Agustín se esforzaba por demostrar que nadie podía
conocer el instante en que Dios decidiría poner fin a la historia, y que, en
todo caso, aun cuando las ciudades tuviesen por su propia naturaleza
una duración limitada, por ser la de Dios la única “ciudad eterna”,
ningún destino astral podía decidir la vida o la muerte de una nación. El
pensamiento cristiano tendía así a superar definitivamente los viejos
temas de la eterna repetición, del mismo modo que se había esforzado
por superar todas las demás perspectivas arcaicas mediante el
descubrimiento de la importancia de la experiencia religiosa de la “fe” y
la del valor de la personalidad humana.