Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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es decir, susceptible de integrarse en un sistema bien articulado en el que
el cosmos y la existencia del hombre tenían cada cual su razón de ser.
Debemos agregar que esta concepción tradicional de una defensa contra
la historia, esa manera de soportar los acontecimientos históricos, siguió
dominando al mundo hasta una época muy cercana a nosotros; y que
aún hoy sigue consolando a las sociedades agrícolas (tradicionales)
europeas que se mantienen con obstinación en una posición antihistórica
y por ese hecho se hallan expuestas a los ataques violentos de todas las
ideologías revolucionarias. El cristianismo de las capas populares
europeas no ha conseguido abolir ni la teoría del arquetipo (que
transformaba un personaje histórico en héroe ejemplar y el acontecimiento
histórico en categoría mítica), ni las teorías cíclicas y astrales (gracias a las
cuales la historia se justificaba y los sufrimientos provocados por la
presión histórica revestían un sentido escatológico). Así, para no poner
más que algunos ejemplos, los invasores bárbaros de la alta Edad Media
estaban asimilados al arquetipo bíblico Gog y Magog, y por lo tanto
recibían un estatuto ontológico y una función escatológica. Unos siglos
después, Gengis Khan iba a ser considerado por los cristianos como un
nuevo David, destinado a realizar las profecías de Ezequiel. Así
aclarados, los sufrimientos y las catástrofes provocados por la aparición
de los bárbaros en el horizonte histórico de la Edad Media eran
“soportados” de acuerdo con el mismo proceso que había hecho posible,
unos milenios antes, soportar el terror histórico en el Oriente antiguo.
Tales justificaciones de las catástrofes son las que aún hoy hacen posible
la existencia de decenas de millones de hombres que siguen
reconociendo, en la presión ininterrumpida de los acontecimientos, los
signos de la voluntad divina o de una fatalidad astral.
Si pasamos a la otra concepción tradicional —la del tiempo cíclico y
de la regeneración periódica de la historia, ya ponga en juego o no el
mito de la “eterna repetición”—, aun cuando los primeros pensadores
cristianos se opusieron a ella al principio encarnizadamente, acabó por
ser aceptada por toda la Edad Media, fue tolerada hasta muy entrado el
Renacimiento y en nuestros días parece que vuelve a gozar de cierto
crédito. No podemos pensar en resumir aquí los admirables análisis, tan
poco conocidos, de P. Duhem y de L. Thorndike, seguidos y
completados por Sorokin.
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I. P. Duhem, Le Systeme du Monde, Paris, 1913 y sig. ; L. Thorndike,
History of Magic and Experimental Sciences, New York, 1929 ; P. Sorokin,
Social and Cultural Dynamics, vol. II (New York, 1937).