Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Recordemos solamente que a pesar de la reacción de un Orígenes,
de un San Basilio, de un San Gregorio y de un San Agustín, las teorías de
los ciclos y de las influencias astrales sobre el destino humano y sobre los
acontecimientos históricos fueron acogidas, cuando menos en parte, por
otros Padres y escritores eclesiásticos como Clemente de Alejandría,
Minucio Félix, Arnobio, Teodoreto.
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En el apogeo de la Edad Media, esas
teorías empiezan a dominar la especulación historiológica y escatológica.
Ya populares en el siglo vii,
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reciben una elaboración sistemática en el
siglo siguiente, sobre todo luego de las traducciones de escritores
árabes.
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Se realizan entonces esfuerzos por establecer correlaciones cada
vez más precisas entre los factores cósmicos y geográficos y las
periodicidades respectivas (en el sentido ya indicado por Tolomeo, en el
siglo ii d. de C., en su Tetrabiblos). Un Alberto Magno, un Santo Tomás,
un Rogerio Bacon, un Dante
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y muchos otros creen que los ciclos y las
periodicidades de la historia del mundo están regidos por la influencia
de los astros, sea que esta influencia obedezca a la voluntad de Dios, o
que —hipótesis que va imponiéndose cada vez más— se la considere
como una fuerza inmanente al Cosmos.
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En resumen: para adoptar la
fórmula de Sorokin,
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la Edad Media está dominada por la concepción
escatológica (en sus dos momentos esenciales: la creación y el fin del
mundo), completada por la teoría de la ondulación cíclica que explica el
retorno periódico de los acontecimientos. Ese doble dogma dirige la
especulación hasta el siglo xvii, aun cuando paralelamente comienza a
apuntar una teoría del progreso lineal de la historia. Los gérmenes de
dicha teoría se perciben también en los escritos de Alberto Magno y de
Santo Tomás, pero es sobre todo en el Evangelio Eterno de Joaquín de
Fiore donde se presenta con toda su coherencia, e integrada en una
genial escatología de la historia, la más importante que haya conocido el
cristianismo después de San Agustín. Joaquín de Flore divide la historia
del mundo en tres grandes épocas, inspiradas y dominadas
sucesivamente por una persona de la Trinidad: el Padre, el Hijo, el
Espíritu Santo. En la visión del abad calabrés, cada una de dichas épocas
revela, en la historia, una nueva dimensión de la divinidad y, por ese
hecho, permite un perfeccionamiento progresivo de la humanidad, que
en la última fase —inspirada por el Espíritu Santo— desemboca en la
libertad espiritual absoluta.
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F
ue una verdadera tragedia para el mundo occidental que las
especulaciones profético-escatológicas de Joaquín de Flore, aun cuando
inspiraron y fecundaron el pensamiento de un San Francisco de Asís, de
un Dante, de un Savonarola, cayeran tan pronto en el vacío,