Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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Pero, como decíamos, la tendencia que se impone cada vez más es la
de una inmanentización de la teoría cíclica. Junto a voluminosos tratados
astrológicos, empiezan igualmente a ver la luz las consideraciones de la
astronomía científica. Así en las teorías de Tycho Brahe, Képler, Cardan,
G. Bruno o Campanella, la ideología cíclica sobrevive junto a la nueva
concepción del progreso lineal que profesan por ejemplo un Francis
Bacon o un Pascal. A partir del siglo xvii el “linealismo” y la concepción
progresista de la historia se afirman cada vez más, instaurando la fe en
un progreso infinito, fe proclamada ya por Leibniz, dominante en el siglo
de las “luces” y vulgarizada en el siglo xix gracias al triunfo de las ideas
evolucionistas. Fue menester esperar a nuestro siglo para que se
esbozaran de nuevo ciertas reacciones contra el “linealismo” histórico y
volviera a despertarse cierto interés por la teoría de los ciclos:
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así
asistimos, en economía política, a la rehabilitación de las nociones de
ciclo, de fluctuación, de oscilación periódica; en filosofía Nietzsche pone
de nuevo en el orden del día el mito del eterno retorno: en la filosofía de
la historia, un Spengler, un Toynbee se dedican al problema de la
periodicidad, etcétera.
Respecto de esa rehabilitación de las concepciones cíclicas, Sorokin
observa justamente
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que las teorías actuales sobre la muerte del Universo
no excluyen la hipótesis de la creación de un nuevo Universo, o sea algo
parecido a la teoría del “Año Magno” de las especulaciones
grecoorientales y al ciclo yuga del pensamiento hindú.
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En realidad
podría decirse que sólo en las teorías cíclicas modernas se da todo su
alcance al sentido del mito arcaico de la eterna repetición. Las teorías
cíclicas medievales se conformaban con justificar la periodicidad de los
acontecimientos integrándolos en los ritmos cósmicos y en las
fatalidades astrales. Sin embargo, implícitamente se afirmaba también la
repetición cíclica de las acontecimientos históricos, incluso cuando esa
repetición no era eterna. Aún más: como los acontecimientos históricos
dependían de ciclos y de situaciones astrales, se tornaban inteligibles y
aun previsibles, puesto que encontraban un modelo trascendente; las
sobreviviendo el nombre del monje calabrés tan sólo para cubrir una
multitud de escritos apócrifos. La inminencia de la libertad espiritual no
sólo con relación a los dogmas, sino también respecto de la sociedad
(libertad que Joaquín concebía como una necesidad a la vez de la dialéctica
divina y de la dialéctica histórica), fue profesada de nuevo, posteriormente,
por las ideologías de la Reforma y del Renacimiento, pero en términos
muy distintos y siguiendo otras perspectivas espirituales.