Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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hebreos; para éstos como para aquél un acontecimiento es irreversible y
válido en sí mismo en cuanto es una nueva manifestación de la voluntad
de Dios —posición característicamente “revolucionaria”, recordémoslo,
en la perspectiva de las sociedades tradicionales dirigidas por la
repetición eterna de los arquetipos—. Según Hegel, el destino de un
pueblo conservaba todavía una significación transhistórica, porque toda
historia revelaba una nueva y más perfecta manifestación del Espíritu
Universal. Pero con Marx, la historia se despoja de toda significación
trascendente; no es más que la epifanía de la lucha de clases. ¿En qué
medida semejante teoría podía justificar los sufrimientos históricos?
Basta con interrogar, entre otras, a la patética resistencia de un Bielinski
o de un Dostoiewski, quienes se preguntaban cómo podrían rescatarse
en la perspectiva de la dialéctica de Hegel y Marx todos los dramas de la
opresión, las calamidades colectivas, las deportaciones, las humillaciones
y las degollinas de que está plagada la historia universal. El marxismo
reserva, sin embargo, un sentido a la
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historia. Para el marxismo los acontecimientos no son una sucesión
de arbitrariedades; acusan una estructura coherente y, sobre todo, llevan
a un fin preciso: la eliminación final del terror a la historia, la
“salvación”. Es por ello que al término de la filosofía marxista de la
historia se encuentra la Edad de Oro de las escatologías arcaicas. En ese
sentido es cierto decir que Marx no sólo ha “hecho que la filosofía de
Hegel volviera a poner los pies en la tierra”, sino que asimismo ha
revalorizado en un nivel exclusivamente humano el mito primitivo de la
Edad de Oro, con la diferencia de que coloca la Edad de Oro
exclusivamente al final de la historia en vez de ponerla también al principio.
Ahí está, para el militante marxista, el secreto del remedio al terror a la
historia: así como los contemporáneos de una “edad oscura” se
consolaban del acrecimiento de los sufrimientos diciéndose que la
agravación del mal precipita el rescate final, del mismo modo el
militante marxista de nuestro tiempo advierte en el drama provocado
por la presión de la historia un mal necesario, el pródromo del triunfo
próximo que acabará para siempre con todo “mal histórico”.
El “terror a la historia” es cada vez más difícil de soportar en la
perspectiva de las diversas filosofías historicistas. Es que todo
acontecimiento histórico halla su sentido completo y exclusivo en su
misma realización. No tenemos por qué recordar aquí las dificultades
teóricas del historicismo que ya perturban a Rickert, Troeltsch y Simmel
y que los esfuerzos recientes de Croce, de K. Mannheim o de Ortega y
Gasset sólo exorcizan parcialmente. En estas páginas no tenemos por qué