Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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debatir la razón filosófica del historicismo como tal, ni tampoco la
posibilidad de fundar una “filosofía de la historia” que supere
decididamente el relativismo.
Una sola cuestión nos interesa: ¿cómo puede ser soportado el “terror
a la historia” en la perspectiva del historicismo? La justificación de un
acontecimiento histórico por el simple hecho de que es acontecimiento
histórico, dicho de otro modo, por el simple hecho de que se produjo de
ese modo, encontrará grandes dificultades para librar a la humanidad del
terror que los acontecimientos le inspiran. Advirtamos bien que no se
trata del problema del mal, el cual, desde cualquier ángulo que sea
encarado, sigue siendo un problema filosófico y religioso; se trata del
problema de la historia como tal, del “mal” que va ligado, no a la
condición del hombre, sino a su actividad. Quisiéramos saber, por
ejemplo, cómo pueden soportarse, y justificarse, los dolores y la
desaparición de tantos pueblos que sufren y desaparecen por el simple
motivo de hallarse en el camino de la historia, de ser vecinos de imperios
en estado de expansión permanente, etcétera. ¿Cómo justificar, por
ejemplo, el hecho de que el sudeste de Europa haya debido sufrir
durante siglos —y por consiguiente renunciar a toda veleidad de
existencia histórica superior, a la creación espiritual en el plano
universal— por la sola razón de hallarse en la ruta de los invasores
asiáticos y de ser luego vecino del imperio otomano? Y en nuestros días,
cuando la presión histórica no permite ya ninguna evasión, ¿cómo podrá
el hombre soportar las catástrofes y los horrores de la historia —desde
las deportaciones y los asesinatos colectivos hasta el bombardeo
atómico— si, por otro lado, no se presiente ningún signo, ninguna
intención transhistórica, si tales horrores son sólo el juego ciego de
fuerzas económicas, sociales o políticas o, aun peor, el resultado de las
“libertades” que una minoría se toma y ejerce directamente en la escena
de la historia universal?
Sabemos cómo pudo la humanidad soportar en el pasado los
sufrimientos históricos: eran considerados como un castigo de Dios, el
síndrome del ocaso de la “Edad”, etcétera. Y sólo fueron aceptados
precisamente porque tenían un sentido metahistórico, porque, para la
gran mayoría de la humanidad, que aún permanecía en la perspectiva
tradicional, la historia no tenía y no podía tener ningún valor en sí. Cada
héroe repetía la gesta arquetípica, cada guerra reiniciaba la lucha entre el
bien y el mal, cada nueva injusticia era identificada con los sufrimientos
del Salvador (o, en el mundo precristiano, con la pasión de un Mensajero
divino o dios de la vegetación, etcétera), cada nueva matanza repetía el
fin glorioso de los mártires, etcétera. No hemos de decidir si tales