Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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motivos eran o no pueriles, o si semejante rechazo de la historia resultaba
siempre eficaz. Un solo hecho cuenta, en nuestra opinión: que gracias a
ese parecer decenas de millones de hombres han podido tolerar, durante
siglos, grandes presiones históricas sin desesperar, sin suicidarse ni caer
en la sequedad espiritual que siempre acarrea consigo una visión
relativista o nihilista de la historia.
Por lo demás, como ya hemos observado, una fracción muy grande
de la población de Europa, por no hablar de los otros continentes, vive
todavía actualmente en esa perspectiva tradicional, anti “historicista”.
De modo que en primer lugar es a las élites a las que se plantea el
problema, puesto que son las únicas obligadas, cada vez con mayor
rigor, a tener conciencia de su situación histórica. Ciertamente el
cristianismo y la filosofía escatológica de la historia no han dejado de
satisfacer a una parte considerable de esas élites. Hasta cierto punto,
también puede decirse que el marxismo —sobre todo en sus formas
populares— constituye para algunos una defensa contra el terror a la
historia. Sólo la posición historicista, en todas sus variedades y en todos
sus matices —desde el “destino” de Nietzsche hasta la “temporalidad”
de Heidegger—, sigue desarmada.
*
No es de ningún modo coincidencia
fortuita el hecho de que la desesperación, el amor fati y el pesimismo
hayan sido en esta filosofía llevados a la categoría de virtudes heroicas y
de instrumentos de conocimiento.
Sin embargo, esta posición, aun cuando sea la más moderna, y en
cierto sentido casi inevitable para todos los pueblos que definen al
hombre como “ser histórico”, no ha conquistado definitivamente el
pensamiento contemporáneo. En páginas anteriores hemos expuesto
diversas orientaciones recientes que tienden a revalorizar el mito de la
periodicidad cíclica, incluso el del eterno retorno. Esas orientaciones
*
N
os permitimos subrayar, además, que el "historicismo" fue creado
y profesado ante todo por pensadores que pertenecían a naciones para
las cuales la historia jamás fue un terror continuo. Esos pensadores quizás
hubieran adoptado otra perspectiva si hubiesen pertenecido a naciones
señaladas por la "fatalidad de la historia". En todo caso, quisiéramos
saber si la teoría según la cual todo lo que sucede está "bien" justamente
porque sucedió (cf., por ejemplo, Croce) hubiera sido abrazada
alegremente por los pensadores de los países bálticos, de los Balcanes, o
de las colonias. Para la "justificación" del acontecimiento histórico por
Croce, remitimos a la excelente refutación de Adriano Tilgher, en Critica
dello Storicismo, que desgraciadamente es casi desconocida.