Mircea Eliade
El mito del eterno retorno
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afirmar su autonomía. Como Hegel observaba con noble suficiencia,
nunca ocurre nada nuevo en la Naturaleza. Y la diferencia capital entre
el hombre de las civilizaciones arcaicas y el hombre moderno,
“histórico”, está en el valor creciente que éste concede a los
acontecimientos históricos, es decir, a esas “novedades” que, para el
hombre tradicional, constituían hallazgos carentes de significación, o
infracciones a las normas (por consiguiente “faltas”, “pecados”, etcétera)
y que, por esa razón, necesitaban ser “expulsados” (abolidos)
periódicamente. El hombre que se coloca en el horizonte histórico
tendría derecho a ver en la concepción tradicional de los arquetipos y de
la repetición una reintegración extraviada de la historia (de la “libertad”
y de la “novedad”) en la Naturaleza (en la cual todo se repite). Pues,
como puede observarlo el hombre moderno, los arquetipos mismos
constituyen una “historia” en la medida en que se componen de gestas,
acciones y decretos que, aun cuando se supone que se han manifestado
in illo tempore, no obstante se han manifestado, es decir, han nacido en el
tiempo, han “ocurrido” como cualquier otro acontecimiento histórico. Los
mitos primitivos mencionan muy a menudo el nacimiento, la actividad y
la desaparición de un dios o de un héroe cuyas hazañas (“civilizadoras”)
se repetían en lo sucesivo hasta lo infinito. Lo que equivale a decir que
también el hombre arcaico conoce una historia, aunque esa historia sea
primordial y se sitúe en un tiempo mítico. El rechazo opuesto a la historia
por el hombre arcaico, su negativa a situarse en un tiempo concreto,
histórico, denunciaría, pues, un cansancio precoz, la fobia al movimiento
y la espontaneidad; en definitiva, puesto entre la aceptación de la
condición histórica y de sus riesgos, por un lado, y su reintegración a los
modos de la Naturaleza por otro, optaría por esa reintegración. El
hombre moderno tendría incluso derecho a ver, en esa adhesión tan
absoluta del hombre arcaico a los arquetipos y a la repetición, no sólo la
admiración de los primitivos ante sus primeras ges tas libres, espontáneas
y creadoras, y su veneración repetida hasta lo infinito, sino también un
sentimiento de culpabilidad del hombre que acaba de apartarse del
paraíso de la animalidad (de la Naturaleza), sentimiento que lo incita a
reintegrar en el mecanismo de la repetición eterna de la Naturaleza las
pocas hazañas primordiales, espontáneas y creadoras, que señalaron la
aparición de la libertad. Prosiguiendo este examen crítico, el hombre
moderno podría también descubrir en ese miedo, en esa vacilación o ese
cansancio ante cualquier gesta sin arquetipo, la tendencia de la
Naturaleza al equilibrio y al reposo; y descubriría esa tendencia en el
anticlímax que sigue fatalmente a toda hazaña exuberante de la Vida y
que algunos llegan a encontrar incluso en esa necesidad que siente la