William permaneció firme. Le hizo ir a medio galope y luego al trote, mientras
le conducía en derredor formando un amplio círculo.
Martha estaba llorando. Tom se la dio a Agnes y esperó a William.
El joven Lord era un muchacho alto, de buena planta, de unos veinte
años, pelo rubio y ojos tan rasgados que daba la impresión de tenerlos
entornados por el sol. Vestía una túnica corta y negra con unas calzas negras
y zapatos de cuero con correas que se entrecruzaban hasta las rodillas. Se
mantenía bien sobre el caballo y no parecía en modo alguno afectado por lo
ocurrido. “Ese majadero ni siquiera sabe lo que ha hecho, -pensó Tom con
amargura-. Me gustaría retorcerle el pescuezo”.
William detuvo el caballo ante el montón de leña y se quedó mirando a
los constructores.
—¿Quién está a cargo de esto? —preguntó.
Tom sentía deseos de decirle: "Si hubieras hecho daño a mi pequeña te
hubiera matado", pero dominó su ira. Fue como tragar un buche amargo. Se
acercó al caballo y le sujetó por la brida.
—Soy el maestro constructor —dijo lacónico—. Me llamo Tom.
—Ya no se necesita esta casa —dijo William—. Despide a tus hombres.
Aquello era lo que Tom había temido. Pero todavía tenía la esperanza de
que William estuviera actuando impelido por su enfado que se le podría
persuadir para que cambiara de opinión. Hizo un esfuerzo para hablar con
tono cordial y razonable.
—Se ha hecho mucho trabajo —dijo—. ¿Por qué dilapidar lo que ha
habéis gastado? Algún día necesitarás la casa.
—No me expliques cómo tengo que manejar mis asuntos, Tom Builder —
dijo William—. Estáis todos despedidos. —Sacudió una rienda, pero Tom
sujetaba la brida—. Suelta mi caballo —dijo con tono amenazador.
Tom tragó saliva. Dentro de un momento William haría levantar la cabeza
al caballo. Tom se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó el trozo de
pan que le había sobrado de la comida. Se lo presentó al caballo que bajó la
cabeza y cogió un pedazo.
—Debo agregar algo antes de que os vayáis, mi señor –dijo con tono
tranquilo.
—Suelta el caballo o te cortaré la cabeza.
Tom le miró directamente a los ojos tratando de ocultar su miedo. Él era
más grande que William, pero de poco le serviría si el joven Lord sacaba su
espada.
—Haz lo que te dice el señor —farfulló Agnes temerosa.
Se hizo un silencio mortal. Los demás trabajadores permanecían
inmóviles como estatuas, observando. Tom sabía que lo prudente sería ceder.