marido y del hijo que aún no había nacido. Pese a ello no adquiría peso ni se
ponía sonrosada como le había ocurrido durante otros embarazos. Por el
contrario, tenía un aspecto macilento a pesar de su voluminoso vientre,
parecido al de un niño hambriento en tiempos de extrema carestía.
Desde que salieron de Salisbury habían caminado las tres cuartas partes
de un gran círculo y al final del año estaban de nuevo en el inmenso bosque
que se extendía desde Windsor a Southampton. Se dirigían a Winchester.
Tom había vendido todas sus herramientas de albañil y, salvo algunos
peniques, se habían gastado todo el dinero.
Tan pronto como encontrara trabajo tendría que pedir prestadas
herramientas o bien dinero para comprarlas Si no encontraba trabajo en
Winchester no sabría qué hacer. En su pueblo natal tenía hermanos, pero
estaba en el norte a varias semanas de viaje y la familia moriría de inanición
antes de llegar allí. Agnes era hija única y sus padres habían muerto.
Mediado el invierno no había trabajo agrícola. Tal vez Agnes pudiera
obtener algunos peniques como criada en alguna casa rica de Winchester. Lo
que sí era seguro era que no podía seguir por mucho más tiempo recorriendo
penosamente los caminos ya que pronto daría a luz
Pero hasta Winchester aún les quedaban tres días de camino y en ese
momento tenían hambre. Las zarzamoras se habían acabado, no había
monasterio alguno a la vista y Agnes no tenía avena para cocerla en la olla
que llevaba sujeta a la espalda. La noche anterior habían cambiado un
cuchillo por una hogaza de pan de centeno, cuatro boles de caldo sin carne y
un lugar para dormir junto al fuego en la cabaña de un campesino. Desde
entonces no habían visto una sola aldea. Pero hacia la última hora de la tarde
Tom vio subir humo de entre los árboles y descubrieron la cabaña de un
solitario guarda forestal del Rey. Les dio un saco de nabos a cambio del hacha
pequeña de Tom.
Desde entonces tan sólo habían caminado tres millas cuando Agnes dijo
que estaba demasiado cansada para seguir. Tom se quedó sorprendido.
Durante todos los años que habían vivido juntos jamás la había oído decir que
estuviera demasiado cansada para hacer cualquier cosa.
Agnes se sentó al abrigo de un inmenso castaño de Indias junto al
camino. Tom hizo un hoyo poco hondo para el fuego, utilizando una banqueta
de pala de madera, una de las pocas herramientas que le habían quedado, ya
que nadie quiso comprársela. Los niños recogieron ramitas y Tom encendió el
fuego, cogiendo luego la olla y, yendo en busca de un arroyo, volvió con ella
llena de agua helada y la colocó al borde del fuego. Agnes cortó a rebanadas
algunos nabos.