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EL DOMINIO MÁGICO DEL TIEMPO
2.
DOMINIO MÁGICO DE LA LLUVIA
Entre las cosas de que el mago público se encargaba para el bien de
la tribu, una de las principales era mandar sobre el clima y especialmente
asegurar una caída de lluvia adecuada. El agua es esencial para la vida
y en la mayoría de los países su provisión depende de los aguaceros. Sin
llover, la vegetación se marchita y los animales y los hombres se exte-
núan y mueren. Por esta razón, en las sociedades salvajes, el "hacedor
de lluvias" es un personaje muy importante y existe con frecuencia una
clase especial de magos para regular el abastecimiento del agua celestial.
Los métodos con que ellos intentan cumplir los deberes de su cargo, por
lo común, aunque no siempre, están cimentados en las reglas de la magia
homeopática o imitativa. Si desean hacer que llueva, lo imitan salpicando
agua o remedando las nubes; si su objeto es parar la lluvia y producir
sequía, evitan el agua y recurren al calor y al fuego con el designio de
enjugar la humedad demasiado abundante. Tales intentos no están con-
finados, como podría imaginar el ilustrado lector, a los desnudos habitan-
tes de países tórridos como la Australia central y algunas partes del África
oriental y meridional, donde es frecuente que durante muchos meses
seguidos el sol despiadado se abata desde un cielo azul y sin nubes sobre
la tierra reseca y resquebrajada. También se usan o se usaron con bas-
tante frecuencia entre los pueblos aparentemente civilizados, en los cli-
mas húmedos de Europa, lo que ilustraremos ahora con casos deducidos
de la práctica mágica pública y privada.
Así, por ejemplo, en una aldea cercana a Dorpar, en Rusia, cuando
se hacía esperar mucho la lluvia, gateaban tres hombres a lo alto de los
abetos de un bosque sagrado. Uno golpeaba con un martillo sobre un
caldero o pequeño barrilillo para imitar el trueno; el segundo entrecho-
caba dos hachones encendidos para que volasen las chispas, imitando el
relámpago, y el tercero, llamado el "hacedor de lluvia", con un puñado
de ramillas asperjaba agua de una vasija en todas direcciones. Para poner
fin a una sequía y atraer la lluvia, las mujeres y muchachas del
pueblecito de Ploska tenían costumbre de ir desnudas por la noche a los
límites del poblado
y
allí arrojaban agua sobre la tierra. En Halmahera o
Gilolo, gran isla al oeste de Nueva Guinea, un brujo hace llover
sumergiendo una rama de un árbol especial en el agua y después
esparciendo la humedad de l a got eante rama sobre el suelo. En Nueva
Bretaña, el "hacedor de lluvia" envuelve algunas hojas rojas y verdes de
cierta enredadera en una hoja de plátano, humedece el atadijo con agua
y lo e ntie rra ; después, imita con la boca el gotear de la lluvia. Entre los
indios omaho de Norteamérica, cuando el mar. está agostándose por falta
de lluvia, los miembros de la sociedad sagrada del búfalo llenan una
gran vasija de agua y bailan a su alrededor cuatro veces. Uno de ellos
bebe agua y la espurrea al aire pulverizada imitando la neblina o lluvia
menuda. Des-