EL TERRON DISOLVENTE
Elvio E. Gandolfo
Yo casi me había olvidado de Fiambretta. Pobre tipo, con un apellido así. Pero
Rodríguez estaba hablando de los viajes que hace por el interior, cuando en medio de los
datos sobre restaurantes de la ruta, sobre aventuras totalmente inverosímiles con mujeres
"casadas" (como solía agregar, con un dejo reverenciar inútil a esta altura del partido), de
los pueblos y pequeñas ciudades que recorría, a lo largo de la ruta 9, mencionó a
Fiambretta. Lo corté en seco:
- ¿Fiambretta, dijiste?
- Sí, él. ¿Te acordás? Ahora vive en las afueras de Cañada de Gómez.
Cómo no me iba a acordar. Siempre consideré que cargar con el apellido había
impedido que él, Fiambretta, llegara a la fama, a la consagración que tanto se merecía.
Habíamos hecho Biología juntos, y aun después de que yo abandoné para dedicarme al
curro de los rulemanes, nos seguíamos viendo. Uno de nuestros entretenimientos
favoritos era ir a ver una película a un cine de Corrientes (detestábamos Lavalle) y
después quedarnos charlando hasta la madrugada en un boliche de Callao, lleno de
mesas de billar, hasta que salían los diarios.
De lo que más hablábamos era del cosmos, de la vida aquí y en otros mundos, de los
misterios de la célula. O sea que el que hablaba era Fiambretta, no yo. Para darles una
idea del talento del hombre: una noche (y recuerdo como si fuera hoy que era en 1952),
Fiambretta, en medio de un delirio sobre el efecto de las enzimas, me dice, como al pasar:
-... porque en el código está todo, ¿entendés?, todo, en una doble hélice. Fijate - y me
la dibujó en una servilleta.
Años después dos giles (o tres, nunca recuerdo bien) iban a sacarse el Nobel con lo
que él había descubierto de taquito, desinteresado, con el pucho colgando de la boca
como cortada a cuchillo, y las manos caídas entre las piernas, en el pequeño laboratorio
que había instalado en el altillo de la casa de la tía, en Caballito. Eso para que tengan una
idea de lo que valía Fiambretta. Un crack, realmente un crack.
Así que cuando el gordo Rodríguez lo nombró, lo corté en seco. Me contó que el flaco
estaba muy gastado, viviendo en una especie de casa solariega abandonada, en la que
había ocupado dos piezas.
- Después de todo creo que el flaco está mejor que nosotros - dijo Rodríguez,
quejumbroso -. Se asoma a las ventanas ¿y qué ve? Un maizal (o un trigal, no me
acuerdo bien) que se pierde en el horizonte. ¿Te das cuenta, viejo? ¿Acá qué ves si te
asomás a la ventana? Caños de escape, pibes que te manguean, y una que otra mina
bastante bien, no te lo voy a negar.
En medio del aburrimiento de la mesa, donde temas como las mujeres, la política, el
último aumento de transporte o de las tarifas se sucedían con la regularidad de las fases
lunares, oír hablar de Fiambretta me hizo recordar con nostalgia las interminables charlas
de Callao, donde palabras como "big-bang", "esteroides" o "remolino cuántico" nos
mantenían con los ojos abiertos como platos hasta que salía el sol. Le dije a Rodríguez
que cuando fuera por Cañada de Gómez (que para mí era como decir Venus) le mandara
un abrazo a Fiambretta.
Tres semanas después Rodríguez entra al boliche, mete la mano en el portafolios
lustradito que siempre lleva, y me da un sobre.
- De parte de Fiambretta - me dice -. Le dio un alegrón al flaco que te acordaras de él.
Antes de Cañada de Gómez, pasé por Roldán: voy a ver a un cliente y en vez de él, me
abre la mujer. Estaba sola...