Mientras Rodríguez me acunaba con los cuentos eternos, abrí el sobre, usando la parte
de atrás de la cucharita del café. La carta del flaco era breve:
"Querido Pancho:
Tenés que venir. Sos el único que puede entenderlo. A mí no me dan las ganas ni la
plata para ir a Baires. Vení. Estoy siempre. Un abrazo.
Fiambretta"
Me conmovió, les juro, me conmovió. "Sos el único que puede entenderlo", decía.
Tenía razón el flaco. ¿Quién iba a entender, en un lugar como Cañada de Gómez, viejo?
¿Alguien podía haber oído hablar alguna vez de aceleradores taquiónicos? A lo más que
llegarían era a leer La Chacra, los que tuvieran guita.
Pensé en largarme a Cañada de Gómez esa misma noche. Total, era viernes. Pero
preferí demorar un poco, saboreando el recuerdo de Fiambretta. El sábado de noche me
fui a ver una película solo, después me metí en el bar de Callao. Antes de entrar me
compré la última Muy Interesante. La hojeé pensando qué habría dicho Fiambretta sobre
cada uno de los artículos. Cuando llegaron los diarios, compré Clarín y me fui a casa. Al
salir el sol me dormí como un bendito.
Durante la semana se me dieron bien las ventas. Así que el viernes me tomé un
ómnibus en Retiro y me fui para Cañada de Gómez, contento realmente. Por las dudas le
llevaba el Muy Interesante a Fiambretta. El viaje me puso eufórico. Cada cosa que veía
me dejaba sin respiración. Cuando ya estábamos llegando a Cañada, ¿qué veo por la
ventanilla? Un chancho, un chancho enorme, negro, vivo, lo juro. En mi puta vida había
visto un chancho fuera de las ilustraciones de Billiken. Cuando me bajé en Cañada, me
sentía al borde del éxtasis.
No me costó casi nada encontrar la casa de Fiambretta. Todos sabían dónde vivía "el
flaco raro". Cuando llegué estaba regando las lechugas de un canterito. Soltó la regadera
por el aire (no sé si aluciné, pero el chorro al saltar hizo un pequeño arcoiris), caminó
hacia mí, y me abrazó, un poco parco, un poco reticente. Era el mismo Fiambretta de
siempre, un poco más calvo, y con el pelo que le quedaba blanco del todo, pero con el
mismo pucho colgando de los labios, con el humo haciéndole cerrar un ojo.
Cuando entramos le di la revista. Como si yo no existiera, la hojeó página por página,
por arriba, mientras murmuraba:
- Superconductores... Biochips... Boludos... No aprenden más.
Después me agradeció. A su modo, me agasajó: trajo queso picante y un salame
grueso de la cocina, y una botella de vino suelto. Comimos, bebimos, charlamos. Hacia la
noche, mientras me limpiaba las muelas con un piolín, empecé a sentirme cansado. No
sabía bien si irme o quedarme, Fiambretta no había hablado del asunto. A esa altura tenía
los ojos como platos, como en el bar de Callao, pero en la noche silenciosa de Cañada de
Gómez, o más bien de los suburbios de Cañada de Gómez, con apenas un par de grillos
haciendo barullo afuera, el flaco me daba un poco de miedo.
Entró a la cocina a hacer un poco de café. Cuando volvió, me animé:
- Oíme, Fiambretta - le dije -. ¿De qué hablabas en la carta?
- ¿Qué carta?
- La que le diste a...
- Ya sé, a Rodríguez, a Rodríguez. Sí... - se quedó petrificado, con un ojo cerrado y el
otro dirigido al techo - ¡Ah, ya sé! Lo que sólo vos podés entender... je-je, je-je, ya vas a
ver, mañana.
Después del café me dijo que tenía un catre ("limpito, nuevo, no lo usó nadie", aclaró
delicadamente) y me invitó a dormir en su casa. Acepté: total podía irme el sábado a
mediodía y estar de regreso antes de la última vuelta de los cines.