- Mañana te despierto bien temprano - dijo Fiambretta mientras me tendía un par de
sábanas y una frazada gruesa -. Es la mejor hora.
Confieso que dormí poco. El catre era estrecho, los dos grillos seguían compitiendo
afuera y yo me preguntaba qué me esperaba al amanecer. ¡Cantaron gallos, al amanecer
cantaron gallos, como en las películas! Casi lloro, viejo, eso me mató. Y al ratito nomás
entró Fiambretta.
Traía unos panes con grasa recién hechos y un mate listo. Desayunamos, mientras el
sol despuntaba. Después Fiambretta limpió las migas, guardó el mate en la cocina y me
miró, serio:
- Pancho, ahora vamos a ir al laboratorio - me dijo, como si hablara de ir a la iglesia.
Hizo una pausa, después movió la mano - Seguime - dijo.
La casa era amplia, chata, llena de cuartos, la mayoría estaban abandonados. Pero
hacia el fondo de un largo y ancho corredor se veía una puerta pintada al aceite,
destacándose en la luz lechosa que dejaba entrar el techo de vidrio. Fiambretta sacó una
llave, empujó, y me hizo espacio para que entrara. No era nada del otro mundo. Más
grande que el altillo de la tía, pero con muchos objetos idénticos: el microscopio y el
telescopio, los tubos de ensayo, los diales indicadores de tres o cuatro aparatos. Todo
estaba limpio y ordenado.
Fiambretta no tocó nada. Se dirigió a un escritorio de madera en el que se veían
libretas de notas y varios tipos de marcadores y bolígrafos.
Se sentó, y me indicó una silla.
- Pancho, lo que te voy a decir te va a sonar a locura, pero no me cortes hasta que
termine - dijo -. Y después te hago una prueba para demostrarte lo que te digo.
Lo que me dijo Fiambretta era totalmente demencial. Que nosotros, Cañada de Gómez,
Buenos Aires, el bar de Callao y hasta las películas, no existían. Que vivíamos
engañados, drogados. "Mirá, Pancho", dijo Fiambretta, "no sé si estará en el agua o en el
aire, pero todos aquí nacemos con una especie de LSD que se nos asienta en los
receptores de serotonina en el momento mismo de nacer, ¿entendés?". Yo no entendía
un carajo. Por suerte Fiambretta hablaba tranquilo, sin alterarse, así que prestarle
atención no me costaba nada. Me dijo que no se atrevía a afirmar que ocurriera lo mismo
en Estados Unidos, o en Java, "eso es asunto de ellos y yo no te puedo afirmar lo que no
investigué". Y siguió enumerando todo lo que era falso, inexistente según él: la
Bombonera y el Monumental, radichetas y peronistas, Gardel y Monzón. A esa altura yo
pensaba: "Este parece Borges", y medio me estaba durmiendo.
Pero Fiambretta hizo un gesto dramático, terminando la enumeración: "¿La central
atómica de Atucha? Tampoco existe, viejo". Al parecer, para él eso era definitivo. Dio dos
pasos, corrió una cortina, y la luz del sol, ahora bastante fuerte, inundó el laboratorio.
Parpadeé. Era como había dicho Rodríguez: un maizal maduro que se extendía hasta el
horizonte. Me quedé con la boca abierta: era hermoso, en mi vida había visto tantos
choclos juntos. Pero Fiambretta seguía con su rollo. Me di cuenta de que sostenía un
frasquito en la mano, y terminaba una frase:
... inhibe la acción del LSD genético, o lo que sea. Ves la realidad como es, y no como
te la pintan tus sentidos, Pancho.
En la otra mano tenía un terrón de azúcar. Dejó caer dos gotas sobre él, me lo tendió.
- El efecto dura apenas treinta segundos, hasta ahora no pude lograr más - se avivó de
que yo tenía miedo de que me envenenara -. Tomá, tomá, no seas cagón.
Apoyé el terrón sobre la lengua, sentí cómo se disolvía: al mismo tiempo, afuera, se fue
disolviendo el maizal. Lo que se perdía hasta el horizonte, un instante después, era un
mar de pequeños tallos metálicos, articulados, que cliqueteaban, cliqueteaban como una
fábrica de rulemanes. El cielo era bajo, como un techo, y creaba una perspectiva extraña,
sofocante. Con el rabillo del ojo capté el marco de la ventana, y era de algo vivo, pardo,
que latía. "La puta que lo parió", pensé, aterrado. Hubo algo que no quise hacer: mirarme