las manos, o mirar a Fiambretta. Seguí con los ojos fijos en el ex-maizal: por lo menos el
cliqueteo me sonaba familiar. Siempre he tenido una conciencia muy nítida del tiempo:
"nueve... ocho...". Cuando se terminó de disolver el terrón, en un pase que no podría
describir, reapareció el maizal, sentí el sol calentándome la mano, el cielo sin fondo. Solté
el aire. Fiambretta se reía:
- Te cagaste, Pancho, ¿eh? je-je, je-je. Viste la realidad, Pancho, qué le vas a hacer.
No tenía ganas de ponerme a discutir con Fiambretta. Le aguanté la charla un rato
más. No le planteé que el líquido podría ser el LSD, que a lo mejor lo que vi en los treinta
segundos era una alucinación segunda. Tenía ganas de borrarme, cuanto antes. Lo que
más me jorobaba era que le creía al flaco. Seguimos charlando hasta el mediodía,
Fiambretta siempre con el pucho colgando, sin darle importancia a nada, contándome los
otros experimentos en que estaba metido. "El de la alucinación quería que lo vieras vos
nomás, porque los demás pueden rayarse fiero, ¿entendés?, y no quería terminar en
cana. Pero lo viste, ¿eh?, lo viste je-je." Le dije que sí con un movimiento de cabeza.
Me acompañó hasta la ruta, a parar el ómnibus que me llevaba a Rosario. Ahí podía
hacer combinación. Ya cuando lo veíamos a lo lejos, sobre la plateada cinta del camino,
como en las películas de Chaplin, le hice a Fiambretta una pregunta que me seguía
jodiendo desde la mañana:
- Oime, Fiambretta - le dije -. Suponete que es como vos decís, que lo que vimos es la
realidad, que ahí somos distintos, y todo es distinto.
- Sí, te sigo - dijo Fiambretta.
- Ahí, el maizal, el sol, lo que se mueve, ¿sigue siendo Argentina? ¿Ahí seguimos
siendo argentinos, Fiambretta?
Fiambretta me miró como sin entender. Apartó el ojo abierto hacia la ruta, calculando la
distancia a la que había llegado el ómnibus.
- Yo que sé, Pancho - me dijo, con voz neutra. Y alzó la mano para parar el ómnibus,
mientras me daba una palmada en la espalda.
Cuando estuve acomodado en el asiento, viendo desfilar los árboles y los campos,
después las casas y el puente de Cañada de Gómez, me dije que ése era el problema de
esta época, el desinterés, el desánimo, la falta de emociones, viejo.
FIN
Escaneado por Sadrac 1999