BERNARDA.
Descansa en paz con la santa
compaña de cabecera.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con el ángel san Miguel
y su espada justiciera.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con la llave que t odo lo abre
y la mano que todo lo cierra.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con los bienaventurados
y las lucecitas del campo.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con nuestra santa caridad
y las almas de tierra y mar.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA. Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.
TODAS. Amén.
BERNARDA.
(Se pone de pie y canta.)
«Requiem aeternam dona eis, Domine.»
TODAS.
(De pie y cantando al modo gregoriano.)
«Et lux per petua luceat eis. »
(Se santiguan.)
MUJER I.
a
Salud para rogar por su alma.
(Van desfilando.)
MUJER 3.
a
No te faltará la hogaza de pan caliente.
MUJER 2.
a
Ni el techo para tus hijas.
(Van desfilando todas por delante de Bernarda y saliendo.)
(Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio.)
MUJER 4.
a
El mismo lujo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
PONCIA.
(Entrando con una bolsa.)
De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.
BERNARDA. Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
MUCHACHA.
(A Magdalena.)
Magdalena.
BERNARDA.
(A sus Hijas. A Magdalena, que inicia el llanto.)
Chissssss.
(Salen todas. Golpea con el
bastón. A las que se han ido.)
¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis visto! Ojalá tardéis
muchos años en volve r a pasar el arco de mi puerta.
PONCIA. No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
BERNARDA. Sí; para llenar mi casa con el sudor de sus refa jos y el veneno de sus lenguas.
AMELIA. ¡Madre, no hable usted así!
BERNARDA. Es así como se tiene que h ablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde
siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.
PONCIA. ¡Cómo han puesto la solería!
BERNARDA. Igual que si hubiese pasado por ella una manada de cabras.
(La Poncia limpia el suelo.)
Niña, dame un abanico.
ADELA. Tome usted.
(Le da un abanico redondo con flores ro jas y verdes.)
BERNARDA.
(Arrojando el abanico al suelo.)
¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro
y aprende a respetar el luto de tu padre.
MARTIRIO. Tome usted el mío.
BERNARDA. ¿Y tú?
MARTIRIO. Yo no tengo calor.
BERNARDA. Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa
el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y venta nas. Así pasó en casa
de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el arca tengo veinte
piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
MAGDALENA. Lo mismo me da.