14 Gabriel García Márquez
Del amor y otros demonios
«De todos modos, no sé qué tenga yo que ver con eso», dijo el marqués.
«y menos a una hora tan extraviada» .
«Su niña fue la primera mordida», dijo Sagunta.
El marqués le dijo con una gran convicción:
«Si así fuera, yo habría sido el primero en saberlo».
Creía que la niña se sentía bien, y no le parecía posible que algo tan grave le
hubiera ocurrido sin que él lo supiera. Así que dio la visita por terminada y se
fue a completar la siesta.
No obstante, esa tarde buscó a Sierva María en los patios del servicio. Estaba
ayudando a desollar conejos, con la cara pintada de negro, descalza y con
el turbante colorado de las esclavas. Le preguntó si era verdad que la había
mordido un perro, y ella le contestó que no sin la menor duda. Pero Bernarda
se lo confirmó esa noche. El marqués, confundido, preguntó:
«¿Por qué Sierva lo niega?».
«Porque no hay modo de que diga una verdad ni por yerro», dijo Bernarda.
«Entonces hay que proceder», dijo el marqués,
«porque el perro tenía el mal de rabia».
«Al contrario», dijo Bernarda.
«más bien, el perro debió morir por morderla a ella. Eso fue por diciembre y la
muy descarada está como una flor».
Ambos siguieron atentos a los rumores crecientes sobre la gravedad de la
peste, y aun contra sus deseos tuvieron que conversar otra vez sobre asuntos
que les eran comunes, como en los tiempos en que se odiaban menos. Para
él era claro. Siempre creyó que amaba a la hija, pero el miedo al mal de
rabia lo obligaba a confesarse que se engañaba a sí mismo por comodidad.
Bernarda, en cambio, no se lo preguntó siquiera, pues tenía plena
conciencia de no amarla ni de ser amada por ella, y ambas cosas le
parecían justas. Mucho del odio que ambos sentían por la niña era por lo
que ella tenía del uno y del otro. Sin embargo, Bernarda estaba dispuesta a
hacer la farsa de las lágrimas y a guardar un luto de madre adolorida por
preservar su honra, con la condición de que la muerte de la niña fuera por
una causa digna.
«No importa cuál», precisó, «siempre que no sea una enfermedad de perro».
El marqués comprendió en ese instante, como una deflagración celestial,
cuál era el sentido de su vida.
«La niña no se va a morir», dijo, resuelto. «Pero si tiene que morir ha de ser de
lo que Dios disponga» .
El martes fue al hospital del Amor de Dios, en el cerro de San Lázaro, para ver
al arrabiado de que le habló Sagunta. No fue consciente de que su carroza
de crespones mortuorios iba a ser vista como un síntoma más de las
desgracias que se estaban incubando, pues hacía muchos años que no salía
de su casa sino en las grandes ocasiones, y hacía otros muchos que no había
ocasiones más grandes que las infaustas.
La ciudad estaba sumergida en su marasmo de siglos, pero no faltó quien
vislumbrara el rostro macilento, los ojos fugaces del caballero incierto con sus
tafetanes de luto, cuya carroza abandonó el recinto amurallado y se dirigió
a campo traviesa hacia el cerro de San Lázaro. En el hospital, los leprosos