Gabriel García Márquez 41
Del amor y otros demonios
TRES
El convento de Santa Clara era un edificio cuadrado frente al mar, con tres
pisos de numerosas ventanas iguales, y una galería de arcos de medio punto
alrededor de un jardín agreste y sombrío.
Había un sendero de piedras entre matas de plátano y helechos silvestres,
una palmera esbelta que había crecido más alto que las azoteas en busca
de la luz, y un árbol colosal, de cuyas ramas colgaban bejucos de vainilla y
ristras de orquídeas. Debajo del árbol había un estanque de aguas muertas
con un marco de hierro oxidado donde hacían maromas de circo las
guacamayas cautivas.
El edificio estaba dividido por el jardín en dos bloques distintos. A la derecha
estaban los tres pisos de las enterradas vivas, apenas perturbados por el
resuello de la resaca en los acantilados y los rezos
y cánticos de las horas canónicas. Este bloque se comunicaba con la capilla
por una puerta interior, para que las monjas de clausura pudieran entrar en
el coro sin pasar por la nave pública, y oir misa y
cantar detrás de una celosía que les permitía ver sin ser vistas. El precioso
artesonado de maderas nobles, que se repetía en los cielos de todo el
convento, había sido construido por un artesano español que
le dedicó media vida por el derecho de ser sepultado en una hornacina del
altar mayor. Allí estaba, apretujado tras las losas de mármol con casi dos
siglos de abadesas y obispos, y otras gentes principales.
Cuando Sierva María entró en el convento las monjas de clausura eran
ochenta y dos españolas, todas con sus servicios, y treinta y seis criollas de las
grandes familias del virreinato. Después de hacer sus votos de pobreza,
silencio y castidad, el único contacto que tenían con el exterior eran las
escasas visitas en un locutorio con celosías de madera por donde pasaba la
voz pero no la luz.
Estaba junto a la puerta del torno, y el uso era reglamentado y restringido, y
siempre en presencia de una escucha.
A la izquierda del jardín estaban las escuelas, los talleres de todo, con una
población profusa de novicias y maestras de artesanías. Estaba la casa de
servicio, con una cocina enorme de fogones de leña, un mesón de
carnicería y un gran horno de pan. Al fondo había un patio siempre
empantanado por las lavazas donde convivían varias familias de esclavos, y
por último estaban los establos, un corral de chivos, la porqueriza, el huerto y
las colmenas, donde se criaba y se cultivaba cuanto hacía falta para el
buen vivir.
Al final de todo, lo más lejos posible y dejado de la mano de Dios, había un
pabellón solitario que durante sesenta y ocho años sirvió de cárcel a la
Inquisición, y seguía siéndolo para clarisas descarriadas. Fue en la última
celda de ese rincón de olvido donde encerraron a Sierva María, a los