Gabriel García Márquez 79
Del amor y otros demonios
que aprendía de tanto oírlos. « Cuando me paro a contemplar mi estado ya
ver los pasos por donde me has traído», recitó. y preguntó con picardía:
«¿Cómo sigue?»
« Yo acabaré, que me entregué sin arte a quien sabrá perderme y
acabarme», dijo él. Ella lo repitió con la misma ternura, y continuaron así
hasta el final del libro, saltando versos, pervirtiendo y tergiversando los
sonetos por conveniencia, jugueteando con ellos a su antojo con un dominio
de dueños. Se durmieron de cansancio. La guardiana entró con el desayuno
a las cinco, en medio de la algazara de los gallos, y ambos despertaron
asustados. Se les paró la vida. La vigilante puso el desayuno en la mesa, hizo
una inspección de rutina con el farol, y salió sin ver a Cayetano en la cama.
«Lucifer es un bicho», se burló él cuando recobró el aire. «También a mí me
ha vuelto invisible».
Sierva María tuvo que refinar su astucia para que la vigilante no volviera a
entrar en la celda aquel día. Tarde en la noche, después de una jornada
entera de retozos, se sentían amados desde siempre.
Cayetano, entre broma y de veras, se atrevió a zafarle a Sierva María el
cordón del corpiño. Ella se protegió el .pecho con las dos manos, y hubo un
destello de furia en sus ojos y una ráfaga de rubor le encendió la frente.
Cayetano le agarró las manos con el pulgar y el índice, como si estuvieran a
fuego vivo, y se las apartó del pecho. Ella trató de resistir, y él le opuso una
fuerza tierna pero resuelta.
«Repite conmigo», le dijo: «En fin a vuestras manos he venido».
Ella obedeció. «Do sé que he de morir», prosiguió
él, mientras le abría el corpiño con sus dedos helados. Ella lo repitió casi sin
voz, temblando de miedo: «Para que sólo en mí fuese probado cuánto corta
una espada en un rendido». Entonces la besó en los labios por primera vez. El
cuerpo de Sierva María se estremeció con un quejido, soltó una tenue brisa
de mar y se abandonó a su suerte. Él se paseó por su piel con la yema de los
dedos, sin tocarla apenas, y vivió por primera vez el prodigio de sentirse en
otro cuerpo. Una voz interior le hizo ver qué lejos había estado del diablo en
sus insomnios de latín y griego, en los éxtasis de la fe, en los yermos de la
pureza, mientras ella convivía con todas las potencias del amor libre en las
barracas de los esclavos. Se dejó guiar por ella, tanteando en las tinieblas,
pero se arrepintió en el último instante y se desbarrancó en un cataclismo
moral. Permaneció bocarriba con los ojos cerrados.
Sierva María se asustó de su silencio y su quietud de muerte, y lo tocó con un
dedo.
«¿Qué le pasa?», le preguntó.
«Déjame ahora», murmuró él. «Estoy rezando».
En los días siguientes sólo tuvieron instantes de sosiego mientras estaban
juntos. No se saciaron de hablar de los dolores del amor. Se agotaban a
besos, declamaban llorando a lágrima viva versos de enamorados, se
cantaban al oído, se revolcaban en cenagales de deseo hasta el límite de
sus fuerzas; exhaustos pero vírgenes. Pues él había decidido mantener su
voto hasta recibir el sacramento, y ella lo compartió.