22 Gabriel García Márquez
Doce cuentos peregrinos
león, y tan pronto como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en
letras clásicas de la universidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con
otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era
inválida, no se le ocurrió otra.
— En todo caso — dijo— no son rugidos de guerra sino de compasión.
Sin embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural,
sino la conmoción de Margarito cuando se detuvieron a conversar con las muchachas del
parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por comprensión, estuvimos
de acuerdo en que sería una buena obra ayudar a Margarito a resolver su soledad.
Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de
madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de fantasía.
— Yo lo haría por caridad — dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres
que usan chaleco.
Fue así como el tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en ancas
de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para darle una hora de buena
compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la bañó con jabón de
olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y la empolvó de cuerpo entero
con su talco alcanforado para después de afeitarse. Por último le pagó el tiempo que ya
llevaban y una hora más, y le indicó letra por letra lo que debía hacer.
La bella desnuda atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la
siesta, y dio d os golpecitos tiernos en la alcoba del fond o. Marg arito Duart e, descalzo y
sin camisa, abrió la puerta.
—Buona sera giovanotto — le dijo ella, con voz y modos de colegiala—. Mi manda il
tenore.
Margarito asimiló el golpe con una gran dignidad. Acabó de abrir la puerta para darle
paso, y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y los
zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en una silla, e
inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se diera prisa, pues sólo
disponían de una hora. Él no se dio por enterado.
La muchacha dijo después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera
querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre mejor
comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con la mirada, y
descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era un saxofón. Margarito
no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que entrara un poco de luz, llevó el
estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de decir algo, pero se le
desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi si geló il culo. Escapó despavorida,
pero se equivocó de sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a
poner una bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la
muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche.
La tía Antonieta no supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no
conseguía atornillar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le pregunté
qué le sucedía. «Es que en esta casa espantan», me dijo. «Y ahora a pleno día». Me
contó con una gran convicción que, durante la guerra, un oficial alemán degolló a su
amante en el cuarto que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus
oficios, la tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada recogiendo sus
pasos por los corredores.
— Acabo de verla caminando en pelota por el corredor — dijo—. Era idéntica.
La ciudad recobró su rutina en otoño. Las terrazas floridas del verano se cerraron con los
primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la vieja tractoría del Trastévere donde
solíamos cenar con los alumnos de canto del conde Cario Calcagni, y algunos compañeros
míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el más asiduo era Lakis, un griego inteli-
gente y simpático, cuyo único tropiezo eran sus discursos adormecedores sobre la
injusticia social. Por fortuna, los tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo
con trozos de ópera cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun
después de la media noche. Al contrario, algunos trasnochadores de paso se sumaban al
coro, y en el vecindario se abrían ventanas para aplaudir.
Una noche, mientras cantábamos, Margarito entró en puntillas para no interrumpirnos.