Cuando oí su voz me di cuenta de que más que la sed, el hambre y la desesperación, me
atormentaba el deseo de contar lo que me había pasado. Casi ahogándome con las palabras,
le dije sin respirar:
-Yo soy Luis Alejandro Velasco, uno de los marineros que se cayeron el 28 de febrero del
destructor "Caldas", de la Armada Nacional.
Yo creí que todo el mundo estaba obligado a conocer la noticia, Creí que tan pronto como
dijera mi nombre el hombre se apresuraría a ayudarme. Sin embargo, no se inmutó,
Continuó en el mismo sitio, mirándome, sin preocuparse siquiera del perro, que me lamía la
rodilla herida.
-¿Es marinero de gallinas? -me preguntó, pensando tal vez en las embarcaciones de
cabotaje que trafican con cerdos y aves de corral.
-No. Soy marinero de guerra.
Sólo entonces el hombre se movió. Se terció de nuevo la carabina a la espalda, se echó el
sombrero hacia atrás, y me dijo:
-Voy a llevar un alambre hasta el puerto y vuelvo por usted".
Sentí que aquella era otra oportunidad que se me escapaba.
-¿Seguro que volverá?", le dije, con voz suplicante.
El hombre respondió que sí. Que volvía con absoluta seguridad. Me sonrió amablemente y
reanudó la marcha detrás del burro. El perro continuó a mi lado, olfateándome. Sólo cuando
el hombre se alejaba se me ocurrió preguntarle, casi con un grito:
-¿Qué país es este?
Y él, con una extraordinaria naturalidad me dio la única respuesta que yo no esperaba en
aquel instante:
-Colombia.