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mágicas. Sabía aprovechar las propiedades curativas de las plantas, comprendía el lenguaje
de las estrellas, se comunicaba con animales de muy distintas especies y, en ocasiones,
acertaba a comprender los mensajes del viento y de la lluvia, pues había aprendido a
descifrar sus modos de manifestarse.
Sin embargo, esos poderes y conocimientos nunca la habían hecho considerarse
superior a sus hermanos de tribu. Pensaba que tenía aquellos dones como los hubiese
podido tener cualquier otra persona. Y siempre los ponía al servicio de su gente, haciendo a
todos partícipes de las mágicas facultades y tratando de que también las adquiriesen.
Cuando Astrea leyó en las estrellas supo que, momentáneamente, la derrota ante
las hordas de Celeutor era inevitable.
Después de estar meditando a la luz de la luna, la joven maga decidió huir con la
esperanza de que, ocultándose en la selva, sería más útil a su gente que sometida a
cautiverio.
Cuando regresó al poblado y dio a conocer su propósito a sus hermanos, éstos
trataron de disuadirla creyendo que iba a exponerse a peligros insalvables.
—No podrás vivir allí, las fieras te devorarán. En la jungla, de nada van a servirte tus
poderes...
—Me llevaré la capa de mi madre —repuso Astrea muy segura de sus fuerzas—. Con ella,
una vez, apaciguó a seis leones enfurecidos. Cuando me la dio, dijo que la usara sólo en
situaciones de emergencia. Ha llegado el momento de servirme de ella. En la selva hallaré
el modo de convertir la piedra deflagraría en roca inofensiva.
La capa de Astrea era un inmenso manto azul que tenía bordadas las principales
constelaciones que poblaban el cielo de Britomartis.
El tejido que la formaba era tan ligero que la más leve brisa la hacía flamear como un
gran estandarte mágico.
—No te dejaremos marchar sola. Varios de los nuestros irán contigo.
—No es necesario que nadie más se exponga —repuso Astrea con firmeza—. Celeutor
castiga la fuga con la muerte.
—¡Todos queremos acompañarte, Astrea!
—Los invasores nos perseguirían con mayor saña y se nos podría encontrar fácilmente,
aún en la selva más espesa. Necesitaré algún tiempo para hallar lo necesario: es preciso
que los enemigos no sepan nada de mi huida.
—¡Que te acompañen entonces sólo unos cuantos, los más fuertes y valientes!
Todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, se ofrecieron, a pesar de los peligros de
la selva.
Por fin, Astrea eligió a los cuatro remeros más diestros.
Aunque la tribu no era marinera, el territorio que habitaban estaba cerca del
océano. Los yulimarnios orientales tenían una arraigada tradición: al fin de cada ciclo
anual, antes de entrar en la estación de las lluvias, acudían al mar para rendir homenaje
a sus
antepasados. No muy lejos de la costa sur de Britomartis, justo en la raya del
horizonte visible desde tierra, emergiendo del océano se alzaba un majestuoso islote
rocoso llamado por la tribu de Astrea la isla de los muertos.
Ante ella acudían los nativos, en piraguas cargadas de ofrendas, e imploraban la
protección de sus antepasados.
Astrea tenía la intención de dirigirse a la isla en busca de consejo, si no conseguía
encontrar en la selva el remedio contra la roca deflagraria. Por esto había elegido como
acompañantes a cuatro jóvenes remeros.