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Todas las embarcaciones que no se hundieron, quedaron varadas en los
desfiladeros oceánicos. Desde lo alto de los acantilados, los habitantes de Mileterris
hostigaron a los agresores hasta que éstos acabaron por rendirse y entregarse.
Las noticias del desastre de la armada llegaron pronto al continente
Britomartis y la línea de defensa en él dejada no resistió más que unos meses.
Surgieron numerosas rebeliones en el interior y con la toma de las canteras de
deflagrada se puso fin a la tiranía de los aqueleos.
Así pudo Britomartis ser ampliamente repoblado por todas las tribus de
Yulimarno y Sírtari. Se estableció pronto una nueva convivencia que mantuvo la paz
por muchos años.
Al cabo de muy poco tiempo, las reservas de piedra deflagraría se agotaron y
en ningún otro lugar se encontró nunca una roca explosiva semejante. Nadie pudo
caer de nuevo en la tentación de servirse de ella para atacar a sus vecinos.
Pero, a pesar del masivo regreso a Britomartis, muchos eligieron quedarse en el
gran archipiélago, mitad tierra, mitad mar. De este modo, el gran continente marino,
por siempre más poblado, pasó a formar parte de la historia milenaria del planeta
Thámyris.
Acerca del fin de Celeutor, la leyenda nos ofrece noticias confusas. Pero la que
con más insistencia aparece en las distintas versiones es ésta:
El tirano fue tragado por un gran pez que subió desde el fondo mismo del
océano. Cuando el misterioso animal acuático iniciaba su descenso a las
profundidades marinas, una gaviota gigantesca, en cuyo lomo, al parecer, viajaban
Astrea y los cinco remeros, se elevó por encima de las aguas e inició un raudo vuelo
rumbo a desconocidos horizontes, por encima del continente Mileterris. A su paso
llovió sobre las islas cera virgen, miel y espliego.
A pesar de lo que dice la leyenda, y no quiero desmentirla en su hermosura,
creo que no fue la siembra de cascotes de la isla de los muertos lo que originó la
crecida de las islas.
Todo hace pensar, aunque nunca podremos saberlo, que la gran explosión
abrió en el fondo del océano una brecha que se tragó una parte de sus aguas. Así
quedó al descubierto una infinidad de promontorios que antes el mar ocultaba. Sin
duda, aunque esto tampoco lo dicen los antiguos textos, el océano bajó de nivel y las
costas, ganando terreno, avanzaron. De este modo se explica mejor que Celeutor
pudiese instalar una triple formación de catapultas en lo que antes era espesa jungla
hasta el mar: aprovechó la franja ganada para instalar la línea de defensa.
Por los restantes documentos sé que, con el tiempo, las islas de Mileterris se
hicieron muy fértiles. En cada una de ellas, un paraíso de verdor y agricultura, y
bosques que se hicieron muchas veces centenarios, dieron lugar a que, siglos después,
oasis del mar se las llamara.