TARAS BULBA
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había también perros entre los nuestros, que han
aceptado su religión.
-Y ¿qué hacía el hetman que tienen ustedes?
¿Qué hacían los polkovniks?
-Les han hecho tales cosas que Dios nos guar-
de de ellas.
-¿Cómo?
-He ahí cómo: nuestro hetman se encuentra
ahora en Varsovia asado dentro de un buey de
cobre, y las cabezas y manos de nuestro polkovniks
han sido paseadas por todas las ferias para que el
pueblo las viese. He ahí lo que han hecho.
La multitud se estremeció. Un silencio se-
mejante al que precede a las tempestades se ex-
tendió por toda la ribera. Después, gritos y pa-
labras confusas estallaron por todas partes.
-¡Cómo! ¡Los judíos tienen arrendadas las igle-
sias de los cristianos los sacerdotes enganchan a
los cristianos a las varas de sus calesines! ¡Cómo!
¡Permitir semejantes suplicios en tierra rusa! ¡Que
pueda tratarse así a los polkovniks y a los hetmans!
No, esto no será, no será.
Estas palabras volaban de una a otra parte. Los
zaporogos empezaban a ponerse en movimiento.
No era aquello la agitación de un pueblo suscepti-