NICOLAS GOGOL
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-¡Oh! Con el tiempo ese será un buen polkovnik
-decía el viejo Taras- sí, ¡vive Dios!, ese será un
buen polkovnik, y sobrepujará a su padre.
Respecto a Andrés, dejábase arrastrar por el
encanto de la música de las balas y de los sables.
No sabía lo que era reflexionar, calcular, ni medir
sus fuerzas y las del enemigo. En la lucha encon-
traba una loca voluptuosidad. Y en aquellos mo-
mentos en que la cabeza del combatiente hierve,
en que todo se confunde a sus miradas, en que los
hombres y los caballos caen mezclados en horro-
rosa confusión, en que se precipita con la cabeza
baja a través del silbido de las balas, hiriendo a
diestro y siniestro y sin sentir los golpes que se le
asestan, producíanle el efecto de una fiesta. Más de
una vez el viejo Taras tuvo ocasión de admirar a
su hijo Andrés, cuando, arrastrado por su ardor,
arrojábase a empresas que ningún hombre de se-
renidad hubiera intentado, y en las cuales salía bien
precisamente por el exceso de su temeridad. El
viejo Taras le admiraba entonces, y repetía a me-
nudo:
-¡Oh, ese es un valiente, que el diablo no se lo
lleve! Ese no es Eustaquio, pero es un valiente.