TARAS BULBA
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tampoco en dormir. Hallábase sumergido en la
contemplación del espectáculo que se desarrollaba
ante sus ojos. Miríadas de estrellas vertían desde el
alto cielo una luz pálida y fría. Una vasta extensión
de llanura estaba cubierta de carros dispersos car-
gados con las provisiones y el botín, y debajo de
los cuales colgaban los cántaros para llevar la brea.
En torno y debajo de los carros se veían grupos de
zaporogos tendidos sobre la hierba, durmiendo en
distintas posiciones. El uno tenía un saco por al-
mohada, el otro su gorra, el de más allá apoyado
sobre el costado de su compañero. Todos llevaban
un sable en su cintura, un mosquete, una pipa de
madera, un eslabón y punzones. Los pesados bue-
yes estaban acostados con las piernas dobladas,
formando grupos blanquizcos, y pareciendo de
lejos gruesas piedras inmóviles esparcidas en la lla-
nura; por todas partes sentíanse los sordos ron-
quidos de los dormidos soldados, a los cuales
contestaban con relinchos sonoros los caballos in-
comodados por sus trabas.
Sin embargo, una claridad solemne y lúgubre
aumentaba la belleza de esta noche de julio; era el
reflejo del incendio de los pueblos del contorno.
Aquí, la llama se extendía ancha y tranquila ilumi-