- ¿Qué le pasaría? - preguntó -. ¿Dónde estará ahora?
- La tormenta lo arrastró al mar. Menudo peligro, con tantos árboles cayéndose.
Algunos chicos estarán dentro todavía.
Dudó por un momento; después habló de nuevo.
- ¿Cómo te llamas?
- Ralph.
El gordito esperaba a su vez la misma pregunta, pero no hubo tal señal de amistad. El
muchacho rubio llamado Ralph sonrió vagamente, se levantó y de nuevo emprendió la
marcha hacia la laguna. El otro le siguió, decidido, a su lado.
- Me parece que muchos otros estarán por ahí. ¿Tú no has visto a nadie más, verdad?
Ralph contestó que no, con la cabeza, y forzó la marcha, pero tropezó con una rama y
cayó ruidosamente al suelo. El muchacho gordo se paró a su lado, respirando con
dificultad.
- Mi tía me ha dicho que no debo correr - explicó -, por el asma.
- ¿Asma?
- Sí. Me quedo sin aliento. Era el único chico en el colegio con asma - dijo el gordito
con cierto orgullo -. Y llevo gafas desde que tenía tres años.
Se quitó las gafas, que mostró a Ralph con un alegre guiño de ojos; luego las limpió
con su mugriento anorak. Quedó pensativo y una expresión de dolor alteró los pálidos
rasgos de su rostro. Enjugó el sudor de sus mejillas y en seguida se ajustó las gafas.
- Esa fruta... Buscó en torno suyo.
- Esa fruta - dijo -, supongo... Puestas las gafas, se apartó de Ralph para esconderse
entre el enmarañado follaje.
- En seguida salgo...
Ralph se escabulló en silencio y desapareció por entre el ramaje. Segundos después,
los gruñidos del otro quedaron detrás de él. Se apresuró hacia la pantalla que aún le
separaba de la laguna. Saltó un tronco caído y se encontró fuera de la selva.
La costa apareció vestida de palmeras. Se sostenían frente a la luz del sol o se
inclinaban o descansaban contra ella, y sus verdes plumas se alzaban más de treinta
metros en el aire. Bajo ellas el terreno formaba un ribazo mal cubierto de hierba,
desgarrado por las raíces de los árboles caídos y regado de cocos podridos y retoños del
palmar. Detrás quedaban la oscuridad de la selva y el espacio abierto del desgarrón.
Ralph se paró, apoyada la mano en un tronco gris, con la mirada fija en el agua
trémula. Allá, quizá a poco más de un kilómetro, la blanca espuma saltaba sobre un
arrecife de coral, y aún más allá, el mar abierto era de un azul oscuro. Limitada por aquel
arco irregular de coral, la laguna yacía tan tranquila como un lago de montaña, con
infinitos matices del azul y sombríos verdes y morados. La playa, entre la terraza de
palmeras y el agua, semejaba un fino arco de tiro, aunque sin final discernibles, pues a la
izquierda de Ralph la perspectiva de palmeras, arena y agua se prolongaba hacia un
punto en el infinito. Y siempre presente, casi visible, el calor. Saltó de la terraza. Sintió la
arena pesando sobre sus zapatos negros y el azote del calor en el cuerpo. Comenzó a
notar el peso de la ropa: se quitó con una fuerte sacudida cada zapato y de un solo tirón
cada media. Subió de otro salto a la terraza, se despojó de la camisa y se detuvo allí,
entre los cocos que semejaban calaveras, deslizándose sobre su piel las sombras verdes
de las palmeras y la selva. Se desabrochó la hebilla adornada del cinturón, dejó caer
pantalón y calzoncillo y, desnudo, contempló la playa deslumbrante y el agua. Por su
edad - algo más de doce años - había ya perdido la prominencia del vientre de la niñez;
pero aún no había adquirido la figura desgarbada del adolescente. Se adivinaba ahora,
por la anchura y peso de sus hombros, que podría llegar a ser un boxeador, pero la boca
y los ojos tenían una suavidad que no anunciaba ningún demonio escondido. Acarició
suavemente el tronco de palmera y, obligado al fin a creer en la realidad de la isla, volvió
a reír lleno de gozo y a saltar y a voltearse. De nuevo ágilmente en pie, saltó a la playa, se