eflorescencia de las algas y el coral tropicales. Diminutos peces resplandecientes
pasaban rápidamente de un lado a otro. Ralph, haciendo sonar dentro de sí los bordones
de la alegría, exclamó:
- ¡Uhhh...!
Había aún más para asombrarse allende la plataforma. La arena, por algún accidente -
un tifón, quizá, o la misma tormenta que le acompañara a él en su llegada -, se había
acumulado dentro la laguna, formando en la playa una poza profunda y larga, cerrada por
un muro de granito rosa al otro extremo. Ralph se había visto en otras ocasiones
engañado por la falsa apariencia de profundidad de una poza de playa y se aproximó a
ésta preparado para llevarse una desilusión; pero la isla se mantenía fiel a su forma, y
aquella increíble poza, que evidentemente sólo en la pleamar era invadida por las aguas,
resultaba tan honda en uno de sus extremos que el agua tenía un color verde oscuro.
Ralph examinó detenidamente sus treinta metros de extensión y luego se lanzó a ella.
Estaba más caliente que su propia sangre y era como nadar en una enorme bañera.
Apareció Piggy de nuevo. Se sentó en el borde del muro de roca y observó con envidia
el cuerpo a la vez blanco y verde de Ralph.
- Ni siquiera sabes nadar.
- Piggy - Piggy se quitó zapatos y calcetines, los extendió con cuidado sobre el borde y
probó el agua con el dedo gordo.
- ¡Está caliente!
- ¿Y qué creías?
- No creía nada. Mi tía...
- ¡Al diablo tu tía!
Ralph se sumergió y buceó con los ojos abiertos. El borde arenoso de la poza se
alzaba como la ladera de una colina. Se volteó apretándose la nariz, mientras una luz
dorada danzaba y se quebraba sobre su rostro. Piggy se decidió por fin. Se quitó los
pantalones y quedó desnudo: una desnudez pálida y carnosa. Bajó de puntillas por el lado
de arena de la poza y allí se sentó, cubierto de agua hasta el cuello, sonriendo con orgullo
a Ralph.
- ¿Es que no vas a nadar? Piggy meneó la cabeza.
- No sé nadar. No me dejaban. El asma...
- ¡Al diablo tu asma!
Piggy aguantó con humilde paciencia.
- No sabes nadar bien.
Ralph chapoteó de espaldas alejándose del borde; sumergió la boca y soplo un chorro
de agua al aire. Alzó después la barbilla y dijo:
- A los cinco años ya sabía nadar. Me enseñó papá. Es teniente de navío en la Marina
y cuando le den permiso vendrá a rescatarnos. ¿Qué es tu padre?
Piggy se sonrojó al instante.
- Mi padre ha muerto - dijo de prisa -, y mi madre... Se quitó las gafas y buscó en vano
algo para limpiarlas.
- Yo vivía con mi tía. Tiene una confitería. No sabes la de dulces que me daba. Me
daba todos los que quería. ¿Oye, y cuando nos va a rescatar tu padre?
- En cuanto pueda.
Piggy salió del agua chorreando y, desnudo como estaba, se limpió las gafas con un
calcetín. El único ruido que ahora les llegaba a través del calor de la mañana era el largo
rugir de las olas que rompían contra el arrecife.
- ¿Cómo va a saber que estamos aquí?
Ralph se dejó mecer por el agua. El sueño le envolvía, como los espejismos que
rivalizaban con el resplandor de la laguna.
- ¿Cómo va a saber que estamos aquí?