Esta jerga particular del coro provocó la risa de los compañeros de Merridew, que
posados como negros pájaros en los troncos desordenados observaban a Ralph con
interés. Piggy no preguntó sus nombres. Se sintió intimidado por tanta superioridad
uniformada y la arrogante autoridad que despedía la voz de Merridew. Encogido al otro
lado de Ralph, se entretuvo con las gafas.
Merridew se dirigió a Ralph.
- ¿No hay gente mayor?
- No.
Merridew se sentó en un tronco y miró al círculo de niños.
- Entonces tendremos que cuidarnos nosotros mismos. Seguro al otro lado de Ralph,
Piggy habló tímidamente.
- Por eso nos ha reunido Ralph. Para decidir lo que hay que hacer. Ya tenemos
algunos nombres. Ese es Johnny. Esos dos - son mellizos - son Sam y Eric. ¿Cuál es
Eric...? ¿Tú? No, tu eres Sam...
- Yo soy Sam.
- Y yo soy Eric.
- Debíamos conocernos por nuestros nombres. Yo soy Ralph - dijo éste.
- Ya tenemos casi todos los nombres - dijo Piggy - Los acabamos de preguntar ahora.
- Nombres de niños - dijo Merridew -. ¿Por qué me va nadie a llamar Jack? Soy
Merridew.
Ralph se volvió rápido. Aquella era la voz de alguien que sabía lo que quería.
- Entonces - siguió Piggy -, aquel chico... no me acuerdo...
- Hablas demasiado - dijo Jack Merridew -. Cállate, Fatty.
Se oyeron risas.
- ¡No se llama Fatty - gritó Ralph -, su verdadero nombre es Piggy!
- ¡Piggy!
- ¡Piggy!
- ¡Eh, Piggy!
Se rieron a carcajadas y hasta el más pequeño se unió al jolgorio. Durante un instante,
los muchachos formaron un círculo cerrado de simpatía, que excluyó a Piggy. Se puso
éste muy colorado, agachó la cabeza y limpió las gafas una vez más.
Por fin cesó la risa y continuaron diciendo sus nombres. Maurice, que seguía a Jack en
estatura entre los del coro, era ancho de espaldas y lucía una sonrisa permanente. Había
un chico menudo y furtivo en quien nadie se había fijado, encerrado en sí mismo hasta lo
más profundo de su ser. Murmuró que se llamaba Roger y volvió a guardar silencio. Bill,
Robert, Harold, Henry. El muchacho que sufrió el desmayo se arrimó a un tronco de
palmera, sonrió, aún pálido, a Ralph y dijo que se llamaba Simón. Habló Jack:
- Tenemos que decidir algo para que nos rescaten. Se oyó un rumor; Henry, uno de los
pequeños, dijo que se quería ir a casa.
- Cállate - dijo Ralph distraído. Alzó la caracola -. Me parece que debíamos tener un
jefe que tome las decisiones.
- ¡Un jefe! ¡Un jefe!
- Debo serlo yo - dijo Jack con sencilla arrogancia -, porque soy el primero en el coro de
la iglesia y soy tenor. Puedo dar el do sostenido.
De nuevo un rumor.
- Así que - dijo Jack -, yo...
Dudó por un instante. El muchacho moreno, Roger, dio al fin señales de vida y dijo:
- Vamos a votar.
- ¡Sí!
- ¡A votar por un jefe!
- ¡Vamos a votar!...
Votar era para ellos un juguete casi tan divertido como la caracola.